Templarios criollos*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

Cuando la escindida organización criminal denominada La Familia Michoacana formó un nuevo grupo, sus creadores no pudieron haber escogido mejor nombre para colocarse en el top ten de los cárteles mexicanos. Así, se escogió el nombre de Los Caballeros Templarios justamente porque su inspiración es la de los guerreros medievales que casi fueron exterminados por el rey de Francia.

No me hubiera percatado del paralelismo entre los originales y los actuales templarios de no haberle hincado el diente a la más reciente novela del maestrazo Umberto Eco, El cementerio de Praga, donde hace las delicias de los apasionados de los temas conspiratorios. El escritor italiano no defrauda para nada a sus seguidores, pero por esta ocasión no me voy a referir a la obra en sí, sino a lo que trajo a cuento sobre los templarios.

Vale la pena señalar que se ha escrito mucho sobre el tema, pero sólo cuando los grandes lo abordan es cuando uno se percata de ciertos detalles que pasarían inadvertidos si el asunto hubiera sido tratado por principiantes. En este caso, hablamos nada menos que de dos grandes: Dan Brown, que se refiere a los templarios en El Código Da Vinci, y ahora Umberto Eco con su deslumbrante  novela, que me dio la pauta para escribir esta columna de culto.

Al igual que su colega de la región de Piamonte, el gringo Dan Brown menciona que los templarios adquirieron mucho poder en la Edad Media, en virtud de que esos caballeros medievales eran los encargados de proteger reliquias y tesoros que datan de tiempos de Jesús. Sin embargo, fue tanto su poder, que la Iglesia y el rey de Francia (un tal Felipe al que apodaban El Hermoso) tuvieron que hacer causa común para destruirlos.

El día en que la emprendieron contra los templarios la Iglesia y el monarca francés fue un viernes 13 del año de 1314. En esa fecha, la mayoría de los templarios fueron reducidos, literalmente, a cenizas, habiéndose salvado unos cuantos que continuaron con su labor. En el transcurso del tiempo, los templarios devinieron en masones y otras sectas afines que a la fecha aún practican la mayoría de los ritos de la antigüedad.

En este punto le cedo la palabra ahora al maestrazo Umberto Eco, que nos ilustra al respecto: “(…) Los templarios fueron una orden poderosísima de caballeros que el rey de Francia destruyó para apoderarse de sus bienes, mandando a la mayoría de ellos a la hoguera. Pero los que lograron sobrevivir constituyeron una orden secreta con el fin de vengarse de los reyes de Francia. Y en efecto, cuando la guillotina hizo rodar la cabeza del rey Luis, un desconocido se subió al patíbulo y levantó aquella pobre cabeza gritando: ´Jacobo de Molay, estás vengado´ Y Molay era el Gran Maestre de los templarios que el rey hizo quemar en la punta extrema (…) de la ciudad de París”.

En esos cerca de 500 años que transcurrieron entre el ataque dirigido contra los templarios y la Revolución Francesa (iniciada a finales de 1789), los descendientes de la orden medieval se infiltraron entre los albañiles y gente del pueblo para rehacerse y poder consumar su venganza. De hecho, de Jacobo de Molay se deriva el adjetivo de jacobinos que se les endilgó a los liberales.

En fin, los ideales de los templarios originales han variado un poco: los masones de hoy impulsan ciertas actividades totalmente inofensivas (la mayoría de ellas, de corte social), aunque se caracterizan por apoyar sólo a los suyos con cargos en el poder y en las grandes empresas, aun cuando entre ellos no falten los corruptos y todo tipo de lacras. En términos reales, pues, nada tienen que ver los masones de hoy con los templarios de ayer.

Pero los templarios criollos, surgidos del seno del cártel de La Familia, parece que se han tomado su papel de manera literal. ¿No fue en una ciudad de Michoacán donde por primera vez se conoció el horror causado por cinco cabezas que fueron arrojadas para rodar macabramente en la pista de un tugurio de mala muerte, recordándonos algunas películas del maestrazo Dario Argento?

Aunque en los días que corren las noticias sobre los decapitados es cosa de rutina, no por ello dejan de causar impacto entre la sociedad. Pero los que iniciaron con ese sádico método (que después tomó carta de naturalización entre otros grupos criminales) fueron los integrantes del cártel de La Familia, ahora reagrupado en parte en Los Caballeros Templarios.

Vistos a contraluz, los de la citada organización criminal michoacana se aproximan más a sus inspiradores medievales que los propios masones que son –dicen— sus descendientes directos.

Veamos: en el pasado, a los templarios casi los destruyó un Felipe (El Hermoso, que de eso no tuvo nada); hoy en día, lo mismo ha hecho contra ellos otro Felipe, de apellidos Calderón Hinojosa (chaparro, pelón y de lentes). En el pasado el tiempo corría más lento. Podían pasar semanas, meses y hasta años para que una noticia de gran envergadura se conociera al otro lado del planeta; pero en la actualidad la información corre a la misma velocidad del rayo.

Así, si de la Edad Media a la Revolución Francesa tuvieron que pasar casi 500 años para que los templarios se vengaran de la monarquía que casi los arrasó por completo, los del cártel michoacano apenas podrían dejar correr algunos meses para tomar desquite contra el que los ha perseguido implacablemente, tal vez para allanarle el camino a la hermana que busca ser gobernadora.

De manera que Felipe Calderón no sólo va a tener que enfrentar los juicios civiles y políticos que se le sigan como el criminal de guerra que es, sino que también va a tener que cuidarse de la ira de todas aquellas organizaciones criminales a las que golpeó inmisericordemente para poder legitimarse como presidente de México, pero que jamás se la van a perdonar.

*Columna publicada el 1 de agosto de 2011.