Ojos bien cerrados*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

Como el título de la obra póstuma del genial cineasta Stanley Kubrick, el calderonato ha cerrado muy bien los ojos ante lo que apunta hacia un atentado a la integridad física del número 2 del gobierno federal, Juan Camilo Mouriño, pero también a la de José Luis Vasconcelos, que fuera subprocurador durante el foxato. El resto de los funcionarios muertos en el avionazo del pasado 4 de noviembre forma parte de lo que se da en llamar daño colateral.

Desde el presidente Felipe Calderón Hinojosa al último de los funcionarios de alto nivel del calderonato, todos tienen los ojos bien cerrados y se niegan a ver la realidad: lo del que fuera Secretario de Gobernación no es sino un mensaje muy diáfano del crimen organizado, especialmente los narcotraficantes a los que se les declaró la guerra. Así, pues, si la delincuencia puede echar abajo la aeronave del número 2 del gobierno federal, ahora de ella ya puede esperarse cualquier cosa.

No era que Juan Camilo Mouriño fuera precisamente el arquetipo del héroe romántico que los panistas nos pretenden vender ahora, pero formaba parte sustantiva de un gobierno que está decidido a enfrentar con las armas a la delincuencia en México. Así, el avionazo que devino en la muerte de más de una docena de personas por el rumbo de Los Pinos no puede sino verse con suspicacia y, por tanto, ponerse en duda la versión del accidente.

Testimonios periodísticos indican que en el aeropuerto de San Luis Potosí la vigilancia es muy deficiente, de tal forma que cualquiera puede acceder al hangar y provocarle algún daño a las aeronaves: la vigilancia de elementos del ejército vino después de que ocurrió el accidente. Sin embargo, suponiendo que no se hubiera tratado de un sabotaje al jet en el que viajaron el número 2 y el resto de funcionarios federales, hay otras formas para atentar contra la vida de las personas en medio de una guerra sin cuartel en contra del crimen organizado.

Una de las ventajas que tiene ser lector de novelas policíacas, según me dice alguien que también tiene mi misma afición, es que algo se pega a la hora de querer sacar algunas conclusiones en este tipo de casos en los que existe la sospecha de un atentado. En efecto, dentro de tantas líneas de investigación que señalan sólo a la teoría del accidente, a nadie se le ha ocurrido indagar tres cosas de importancia capital:

Una, qué comieron el piloto y el copiloto del avión accidentado; dos, en dónde comieron; tres, quién les sirvió. De ahí se podría partir para saber si alguien vertió alguna sustancia que causara una reacción de efecto retardado a los responsables de conducir la aeronave en la que viajaban Juan Camilo Mouriño, José Luis Vasconcelos y el resto de funcionarios federales caídos en el fatídico avionazo del 4 de noviembre.

No se debe olvidar que el curaré, un veneno que se obtiene en las selvas brasileñas, surte efectos fulminantes al corazón varias horas después de aplicado a la víctima. Puede ser que a la aeronave no la hubiera saboteado el crimen organizado que sabía de la presencia del Secretario de Gobernación en la ciudad de San Luis Potosí, pero no debe descartarse que sí se hubiera actuado contra el piloto y el copiloto que en el aire son dios y no hay nadie más que sea capaz de hacer tocar tierra firme sin poner en peligro al pasaje.

Pero sólo al calderonato le da un repentino ataque de ceguera que se niega a ver que el avionazo en el que murió el número 2 del gobierno federal puede ser una reacción a la absurda guerra declarada a los narcos del país, quienes en la medida en que se intensifiquen las acciones en su contra, igual de violentas, espectaculares y sangrientas serán sus respuestas.

Una lección final que también nos deja el avionazo del 4 de noviembre pasado es que jamás deben volver a viajar juntos funcionarios de alto nivel, pues eso le facilita las cosas a los que tienen interés en atacarlos. El caso de Estados Unidos es ejemplar: el presidente y el vicepresidente nunca están juntos en los lugares públicos, pues bien saben que si llega a faltar el primero por alguna razón (un atentado, enfermedad mortal o muerte repentina), el segundo de inmediato se apresta a sustituirlo en el cargo.

*Columna publicada el 10 de novimebre de 2008.