Mely Romero, simuladora

POR Jorge Octavio González

Mely Romero Celis no tiene escrúpulos.

Y es que, con tal de seguir atrayendo los titulares de los medios de comunicación, es capaz de utilizar una tragedia —como los zopilotes— con tal de que su nombre aparezca como tendencia en las redes sociales.

En una columna hermana, cuando cuestionamos sobre el performance de la senadora de la República en la máxima tribuna del país, uno de los comentarios que recibimos fue que se había mostrado dramática porque ella era amiga de Gaby Mejía.

Y ese es el problema: Mely Romero, al igual que la clase política, sólo defiende a sus amigos, a sus pares, cuando en el fondo deberían estar defendiendo a los mexicanos en general.

A Mely Romero le dolió al artero crimen de la regidora de Cuauhtémoc porque era su amiga. Nada más. Pero no actuó igual, ni por mucho, cuando desapareció Enrique Monroy y después fue hallado en una fosa clandestina.

El panista no era su amigo; la priísta sí.

El debate en dos de las columnas que hemos publicado sobre el asesinato de Gaby Mejía, perpetrado por sicarios profesionales, ha evidenciado el odio y la polarización que provocan quienes se asumen con la autoridad y superioridad moral de cuestionar las acciones de gobierno.

Alguna credibilidad tendrían si se hubieran hecho cargo del desastre que dejaron cuando tuvieron el poder: nada menos que el sexenio pasado, cuando Mely Romero se preparaba para sumir la candidatura del PRIAN al gobierno del Estado, en ningún momento hizo mención de la ola de violencia que ya asolaba a Colima.

Para ella nunca fue necesario hablar de los crímenes de alto impacto que se suscitaron en el pésimo y corrupto sexenio de José Ignacio Peralta Sánchez: ni el esclarecimiento del atentado contra el ex gobernador, que hoy tiene a los colimenses pagando sus escoltas fuertemente armados, ni el secuestro y asesinato de la diputada Anel Bueno Sánchez, como tampoco los seis policías despedazados que se fueron de comisión a Jalisco a cuidar a familiares de un legislador del PRI.

Al menos Ignacio Peralta sí fue capaz —como el traidor y miserable que es— de golpear la figura de Mario Anguiano Moreno para deslindarse del gobierno que fenecía en el 2015, todo con el objetivo de que no asumiera el poder el PAN de la mano de un impresentable como Jorge Luis Preciado Rodríguez.

Mely Romero ni eso: nunca fue capaz de esgrimir una crítica al gobierno pasado porque ella se benefició de la podredumbre y corrupción de Ignacio Peralta para ser la candidata a gobernadora de Colima; lanzar una crítica habría sido como pegarse ella misma.

Pero pagó las consecuencias de asumirse como la continuidad del gobierno: al final se quedó sola y ni siquiera tuvo la entereza ni la dignidad de defender los votos que alcanzó en las urnas; ella sencillamente se fue a su rancho a hibernar y regresar en la elección intermedia para reclamar el primer lugar de la fórmula al Senado de la República sin merecerlo.

Esta semana la senadora del PRI, de nueva cuenta, subió a la máxima tribuna del país a quejarse de lo que sucede en Colima; incluso le pidió a Omar García Harfuch que viniera a la entidad para que él corrobore de propia mano lo que sucede en materia de inseguridad.

Mely Romero utilizó la tribuna para abogar por su amiga, no por las víctimas de la delincuencia organizada; el conflicto de interés en el que incurre no la deja ver más allá de lo evidente.

Sería bueno, eso sí, que el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana del gobierno de la República viniera a Colima a investigar los presuntos delitos en que incurrió Mely Romero y su familia, tal y como lo denunció hace algunos meses el columnista Héctor de Mauleón en El Universal.

Ha pasado mucho tiempo desde que se filtró esa información, pero hasta ahora Mely Romero no ha sido capaz de explicar a qué delitos se refería el periodista y quién del oficialismo la amenazó para que votara a favor de la reforma al Poder Judicial.

Los gritos en la tribuna, incluso las lágrimas de cocodrilo, no van a regresar a Gaby Mejía; lo que se tiene que hacer es dejar las investigaciones en manos de las autoridades para que sean ellas las que resuelvan el ataque armado contra la priísta.

La polarización y el odio en redes es diseminado por ellos sin escrúpulos: sólo ayer, por ejemplo, un ex funcionario corrupto y pendenciero como Carlos Aguirre Ceballos se exhibió con un lenguaje digno de lo que tiene en su interior: pestilencia.

Como secretario de Fomento Económico, los únicos negocios que fomentó el sinvergüenza fueron los suyos.

Hoy es un empresario tan ruin que sigue defendiendo al PRI: así la pequeñez mental de este parásito.