Regresar al pasado*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

No soy muy afecto a los temas filosóficos, si bien a la exigua lista de mis autores favoritos, que sólo era el alemán Federico Nietzsche, se suman el italiano Umberto Eco y el norteamericano Dan Dennett. Pero no diré nada hoy del autor de obras fundamentales como El Anticristo y Así hablaba Zaratustra, sino de los dos últimos, que son contemporáneos y que han tratado temas torales de estos primeros tres lustros del nuevo milenio.

Pocos meses antes de morir, a inicios del presente año, tras la publicación de su novela Número Cero, Umberto Eco trató el tema de las redes sociales, pero los que no han leído la novela ignoran que sus polémicas declaraciones no tienen mucha relación con la –por lo demás— apasionante trama del libro, si bien en lo único en lo que coinciden es en abordar el de los medios de comunicación.

La novela del piamontés se refiere a la próxima aparición de un periódico a principios de la década de los 90 del siglo pasado, época en la que el internet apenas era un improbable proyecto y la fuerza indiscutible de la prensa estaba en esos momentos en los medios impresos. Pero en virtud de que ya abordé el tema de la novela en una columna anterior, por esta ocasión me limitaré a contextualizar sus declaraciones.

En efecto, puesto que el tema era el de un medio de comunicación (un periódico impreso que aparecería en la ciudad de Milán, para lo cual se irían publicando internamente varios números de prueba: de ahí el nombre de Número Cero de la novela), el autor de El nombre de la rosa fue entrevistado sobre su obra. De manera, pues, que al referirse a un medio de comunicación en la era de Facebook, Twitter, YouTube, etcétera, era lógico que se abordara su función en la sociedad actual.

Así, el italiano no se anduvo con cuentos al abordar el tema desde una manera filosófica, más que política o literaria. En resumen, manifestando su inconformidad contra muchos que usan las redes sociales con fines innobles, se refirió a ellos  como una “legión de idiotas” a los que describió de la siguiente manera que yo interpreto aquí en mi propio lenguaje periodístico:

En otros tiempos, como la época en la que transcurre la historia de Número Cero, un imbécil comenzaba a decir pendejadas en un bar después de haberse tomado una copa de vino (en México, más bien, sería una cubeta con una docena de  cervezas o una botella de ron, de brandy o de tequila). Pero no había problema: los únicos que tendrían que soportar al marro serían los parroquianos, aunque con el riesgo de recibir la advertencia del encargado del lugar de ya no poder entrar si seguía con su mismo afán de martillar a la concurrencia.

El problema, empero, es que ese mismo imbécil, que en el bar se ponía a soltar pendejadas a la menor provocación y sólo molestaba a los ahí presentes, ahora lo puede hacer en las redes sociales sin cortapisas, ofendiendo a medio mundo y burlándose de la otra mitad, sin consecuencia alguna. Es así que, gracias al internet, ese mismo idiota podía ponerse al mismo nivel de un Premio Nobel, con las consiguientes irregularidades que ello implica. O sea: esa “legión de idiotas” no se han ganado su derecho a vociferar sus canalladas, como sí lo hicieron los que ya pagaron su cuota de censuras, reprimendas, denuncias, etcétera.

Por esa razón, la lógica más contundente del maestro originario de Piamonte era que, al contrario de las redes sociales, en los periódicos impresos por lo menos había un control para que no se publicara información falsa, dolosa y de mala fe, misma que podría causar un gran daño a personas, grupos o pueblos enteros, aun cuando se tratara del periódico más corrupto del mundo. Una verdad que, obvio, resulta incuestionable.

Bien: dejemos en paz por ahora al maestro filósofo de Italia. Vayamos ahora con  su colega de Estados Unidos, Dan Dennett, que con una claridad impecable habla sobre el mismo tema, pero desde una óptica totalmente diferente, de acuerdo con unas declaraciones que hizo al periódico español El País, cuyo encabezado no deja de ser perturbador: “Internet se vendrá abajo y viviremos oleadas de pánico”.

La visión del filósofo norteamericano es la de un  gran sabio, incluso hasta por su aspecto general, con un cierto parecido físico a otro grande, Charles Darwin, autor de El origen de las especies. ¿Qué es lo que declaró este venerable hombre? Esta es la parte que suena un tanto apocalíptica: “Internet se vendrá abajo y cuando lo haga viviremos oleadas de pánico mundial. Nuestra única posibilidad es sobrevivir a las primeras 48 horas. Para eso hemos de construir, si se me permite la analogía, un bote salvavidas”.

Por supuesto, el filósofo Dan Dennett no pretende ser catastrofista ni cosa por el estilo. Asegura: “Lo que digo no tiene nada de apocalíptico. Puedes hablar con cualquier experto y te dirá lo mismo que yo: que es cuestión de tiempo que la red caiga. Lo único que digo es que deberíamos prepararnos. Antes solía haber clubes sociales, congregaciones, iglesias, etcétera. Todo eso ha desaparecido o va a desaparecer. Si tuviéramos otra red humana a punto…”

En otra parte de su declaración especifica el norteamericano: “Internet  es maravilloso, pero tenemos que pensar que nunca hemos sido tan dependientes de algo. Jamás. Si lo piensas, es bastante irónico que lo que nos ha traído hasta aquí, nos pueda llevar de vuelta a la edad de piedra”.

Para rematar con la nota del periódico El País, a fin de no resultar agorero del desastre, cito la parte esperanzadora del filósofo: “Y se pregunta: ´¿Tiene esto solución?´ Y se responde: ´Por supuesto, los humanos somos increíbles previniendo catástrofes. Lo que pasa es que nadie recibe una medalla por algo que no ha pasado. Los héroes son siempre los que actúan a posteriori, pero no tengo ninguna duda de que la humanidad sabrá prepararse para lo que está por llegar. Hay un 20 por ciento de posibilidades de que esté equivocado. También podemos agarrarnos a eso´”.

Pues bien, aunque no sea filósofo ni mucho menos pretenda ponerme por encima de los visionarios argumentos de Dan Dennett, mi interpretación es otra, creo que mucho más realista: de llegar a caerse internet, más bien regresaríamos a la década de los 50 o los 60 del siglo XX, cuando el internet ni siquiera era concebido en la febril imaginación de algún autor de ciencia ficción –un Ray Bradbury o un C. Clark—  y las computadoras no tenían el uso que se les da ahora, artilugios de los que millones son actualmente, en efecto, totalmente dependientes.

Así, en el hipotético caso de que el internet llegara a caerse, la humanidad no partiría de cero –la edad de piedra a la que hace alusión el filósofo—, sino con los conocimientos que ya se tenían en aquella época en la que no éramos tan dependientes de la tecnología, que yo ubico más o menos a la mitad del siglo pasado.

Como bien lo saben los que nacieron por aquellas fechas (y si no, baste con que pregunten a los viejos o lo investiguen por su cuenta), ya existían la radio, la TV y los periódicos, medios de comunicación de los que no éramos tan dependientes. El cine ya venía de más atrás, lo mismo que el teléfono y el telégrafo. Los autos de todo tipo también tuvieron su gran auge en el siglo pasado. Por tanto, la desaparición del internet y la telefonía celular, tecnología de la que casi toda la humanidad es profundamente dependiente hoy en día, nos regresaría a mediados del siglo XX, pero no más allá.

Eso sí: a partir de ahí la humanidad tendría que volver a empezar con lo que ya se tenía en ese entonces, pero dentro de todo al menos con una gran ventaja: contar con un internet que ya no fuera utilizado de forma masiva, sino sólo para fines humanitarios y de seguridad nacional en cada país. El resto de los medios, como radio, prensa y TV, podrían seguir igual. Pero en todo caso, como bien lo dice el filósofo de EU, hay que agarrarse con todas las fuerzas a la posibilidad de que nunca se caiga la red, así sea muy débil nuestro asidero.

He dicho.

*Columna publicada el 31 de marzo de 2016.