POR Luis Fernando Moreno Mayoral
Nadie dudaría que Hugo Chávez, en caso de ser el que estuviera siendo enjuiciado en una corte de los Estados Unidos, habría hecho reír a jueces y abogados con sus ocurrencias.
No es el caso de Nicolás Maduro: por más que intenta ser chistoso no lo es; el dictador no causa gracia alguna.
En la comparecencia que tuvo este lunes en un tribunal de Nueva York, sin embargo, lo que más trascendió fueron sus dichos fuera de lugar y la débil defensa que tuvo.
“Me declaro prisionero de guerra”, dijo Nicolás Maduro cuando el juez le preguntó únicamente su nombre.
“Soy Nicolás Maduro Moro, presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Fui secuestrado en una intervención militar de Estados Unidos. Fui capturado en mi casa, en Caracas. Soy prisionero de guerra. Y me apego a los acuerdos de Ginebra”, soltó ante la incredulidad de los asistentes.
Aquél Nicolás Maduro soberbio, que se dice hijo de Dios, se acabó: ahora es un prisionero más que comparte cárcel con Joaquín Guzmán Loera, Ismael Zambada García, Rafael Caro Quintero, Naasón Joaquín García, entre otros.
Por más que una parte de la izquierda defienda a Nicolás Maduro, pretextando la intervención militar extranjera como algo que nunca debió ocurrir, en el fondo hay alegría y éxtasis entre millones de personas alrededor del mundo que, ciertamente, lloraron de felicidad por la caída del dictador.
La manifestación en Colima que se hizo en defensa de Maduro, por ejemplo, terminó en una burla: una venezolana los puso en su lugar cuando unos sujetos protestaban en contra de la intervención de Estados Unidos en Venezuela.
La próxima audiencia de Nicolás Maduro será en marzo.
