POR Jorge Octavio González
Hace unos días, en una sesión del Congreso del Estado, el septuagenario Arnoldo Ochoa González lazó una retahíla de mentiras en tribuna que, por supuesto, no podíamos dejar pasar por alto.
En el contexto de la presentación de una iniciativa leída por la diputada Martha Farías, que tiene que ver con la autonomía sindical, el ex dirigente estatal del PRI señaló que el sindicalismo ha sido un factor importante en la defensa de los derechos laborales de manera histórica y añadió que el Revolucionario Institucional siempre ha apoyado a sus dirigentes a que luchen por sus conquistas.
La ironía, ciertamente, viene implícita: si alguien demostró estar en contra de los derechos laborales y pisoteó la dignidad de los trabajadores del PRI en Colima fue, precisamente, Arnoldo Ochoa González.
Una veintena de soldados del PRI, que tenían bien puesta la camiseta, fueron echados a la calle en plena pandemia; algunos de ellos murieron por no contar con un salario que les regateó quien debería velar por sus derechos como dirigente estatal del partido tricolor.
Como la campaña electoral estaba en su apogeo, allá por el 2024, Arnoldo Ochoa tuvo que renunciar a la dirigencia del PRI en Colima para no ser objeto de reclamos de los ex trabajadores, que anunciaron una serie de protestas en contra del septuagenario cuando lo vieran en los mítines; lo que hizo al separase del cargo fue nadar de a muertito mientras se instalaba la Sexagésima Primera Legislatura para tomar posesión como diputado local por la vía de representación proporcional.
Le pesó, por supuesto, dejar de percibir el salario de dirigente estatal del PRI; sin embargo, eso fue mejor que quedarse a que le restregaran en la cara todos los días que era un indolente que dejó en la calle a una veintena de personas que eran el sostén de sus familias.
Kike Rojas Orozco, que relevó a AOG en la dirigencia estatal, recibió los puros huesos del otrora partidazo de Estado; se llegó a mencionar que se venderían terrenos y edificios del PRI para poder hacer frente a los salarios caídos que un tribunal en materia laboral ordenó que se pagaran. Pero al final no sucedió y llegaron a un acuerdo.
Arnoldo Ochoa González, un sujeto oscuro que ha ocupado cargos públicos y medrado del erario los últimos 50 años, está en el final de su carrera política; el problema es que dejará un legado mancillado por miserable, en medio de acciones vergonzosas, con insultos y el repudio de las familias de los trabajadores que despidió y que, cual cobarde, nunca quiso recibir para darles solución.
El relevo generacional es algo que nunca entendió el dinosaurio que fundó, junto con otros vivales y mafiosos de la política, el Grupo Universidad; hoy Ochoa González se aferra a su cargo como a un clavo ardiendo, sabedor que después de concluir la 61 Legislatura se irá directo al basurero de la historia y de la ignominia.
De aquél todopoderoso Grupo Universidad sólo queda él, ya disminuido y desmejorado, y un ex gobernador que tiene que pagar por salir en programas para opinar lo que a nadie le interesa; el cabecilla ya murió y otro más, de menor perfil, ya se retiró de la escena política y mediática.
Qué mal le hicieron esos barbajanes a la democracia colimense.
