Cuando el gobierno de Colima pidió mi cabeza y cómo mi papá me tuvo que dar la noticia

POR Luis Fernando Moreno Mayoral

Tengo que confesarles algo: todos los días veo a mi papá.

Pero no se confundan: no estoy loco. ¿O sí?

Nada de eso: cada noche, cuando estoy en lo más profundo de mis sueños, siempre aparece.

Mi papá, Bibiano Moreno Montes de Oca, nunca deja de aparecer en mis sueños: a veces en buenos momentos, a veces en malos, pero al final ahí está.

Los primeros días, sin embargo, era algo frustrante: era tan real lo que sucedía, lo que hablábamos y dónde estábamos, que cuando despertaba me invadía una sensación de vacío.

Después se fue haciendo costumbre: algunos días, cuando el sueño se sentía extraño, sabía que no era real; aun así no quería despertar para enfrentar mi realidad.

Mi realidad, en efecto, fue dura: la cuenta de PXPress en Facebook tenía poco de haberla abierto tras su repentina eliminación. Empezaba de nuevo: ahora sin él. Solo. Pero así, con el dolor que me provocaba que todo me recordaba a él, continué porque de mí dependían varias personas que no estaba dispuesto a fallarles.

Han pasado 3 años, tres cumpleaños, sin mi papá: poco a poco, con la esperanza de volver a verlo algún día, hago mi trabajo como a él siempre le gustó: con total libertad, sin ataduras, sin gobiernos o políticos que me estén diciendo qué decir, pero sobre todo qué no decir.

Mi papá sabe que siempre tuve problemas por mis columnas: por más que decían que eran intrascendentes, que no se leían o que no generaban nada, había consecuencias que después se materializaron en mi salida del medio por presiones externas.

A inicios del 2000, cuando a nivel federal llegó la alternancia —que no cambio—, tuve un altercado con un agente adscrito al despacho del entonces gobernador de Colima; me siguió en su camioneta y me encendió los estrobos para intimidarme.

Unos amigos que venían conmigo me pidieron que me detuviera. Lo hice. Después, cuando bajó el sujeto, me preguntó si sabía por qué me había detenido. El tipo, un enano que seguía las órdenes de su entonces esposa, estaba indignado porque a la señora le gritaron por estar estacionada en plena avenida, en Calzada del campesino, en uno de los carriles.

Tan poderosos se sentían en ese gobierno, el más nefasto, corrupto y criminal que haya habido en Colima, que un suceso intrascendente, que ni siquiera desembocó en un accidente o en alguna persona herida, lo convirtieron en un asunto personal y político.

Escribí sobre el incidente un sábado y el lunes apareció una carta difamatoria, en el periódico que servía de vocero del gobierno del Estado, contra mi persona: todos los datos escritos, toda la narrativa, fueron inventados con el objetivo de desprestigiarme.

Por supuesto que la carta surgió de la coordinación general de comunicación social y su egocéntrica e inestable titular; vieron la oportunidad de asestar el golpe y lo hicieron, no sin la llamada al director del periódico para amenazarlo con suspender la publicidad oficial si no tomaba medidas drásticas.

Ese día recibí la noticia de mi propio padre: el director ya no quería que escribiera por el tema del agente del gobernador; me dijo que las presiones habían sido muy fuertes y que lo mejor era que ya no publicara nada hasta que terminara la administración estatal.

Voy a hacer una acotación al respecto: la historia de lo que sucedió en ese entonces, cuando por presiones del gobierno del Estado salí del medio de comunicación, lo escribí en un libro que todavía no ve la luz, pero que en cuanto haya una oportunidad y una editorial que no se arrodille ante el sistema como sucede hoy, lo tendrán en sus manos.

Por hoy mejor dejo hasta aquí la primera vez que sufrí la censura y la presión de un gobierno autoritario que hoy quiere renacer en una diputada servil y acomodaticia que desea ser presidenta municipal de Colima.

Este 21 de septiembre, hace tres años, dejó de existir la persona más importante en mi vida: mi papá.

Su historia de vida, dentro del periodismo y en el mundo de la literatura, fue increíble: hay tantas anécdotas que vivió que algún día iré publicando, tal vez en un libro, lo que tuvo que pasar para ser uno de los periodistas más reconocidos y respetados de Colima.

Cuando tuve que difundir su muerte en mis redes sociales me sorprendí de la cantidad de gente que lo quería y respetaba: recibí mensajes de aliento por todos los medios, desde mensajes a mi WhatsApp, llamadas telefónicas y mensajes a mi cuenta de Facebook.

Me sorprendió que personas de mi pasado, que en algún momento fueron muy importantes en mi vida pero que ya no están, decidieron darme el pésame: sabían cuánto amaba a mi papá y me externaron su sentir al respecto.

Fue como si estuvieran conmigo y me abrazaran: se los agradezco de todo corazón. Nunca olvidaré ese gesto de cariño.

Hoy, a tres años de su partida, me sigo enfrentando a políticos miserables y sabandijas que no quieren que mis letras se lean: me han reportado mis cuentas, han tratado de eliminar mis textos, me han amenazado y han querido destruir mi fuente de ingresos.

Pero no han podido: a esa gente déspota, enferma de poder, tarde o temprano le llegará su hora; por el momento seguiré escribiendo y exponiendo a los políticos que no hacen su trabajo y sólo quieren brincar de cargo para no vivir en el error.

Tal vez nunca deje de tener problemas por escribir: es mi naturaleza.

Ayer fueron unos, hoy otros, pero al final el riesgo por escribir con libertad es ese: no ser del agrado del poder político, sea del gobierno en turno o de la oposición, lo cual me da lo mismo.

Hay gente de mi entorno que ha perdido a un familiar y se sienten frustrados porque no sueñan a su ser querido. Yo tengo la fortuna de ver a mi papá todas las noches en mis sueños y hablo con él como lo hacía en vida: en ocasiones, aunque sea breve la plática, me manda un mensaje que tengo que aplicar en el mundo terrenal.

Yo sé, estoy seguro de ello, que hay otras dimensiones donde mi papá y yo estamos juntos y llevamos el proyecto periodístico PXPress hasta niveles que nadie más ha podido: hoy puedo presumirle, con los números en la mano, que hay columnas de mi autoría que llegan a más de cien mil personas y tienen miles de reacciones y comentarios.

Ahora entiendo por qué la molestia de los políticos intolerantes y despreciables: cada que aparecen en mi medio deben recibir decenas de llamadas y mensajes diarios por lo que publiqué de ellos.

Lo tienen más que merecido por hampones y rateros.

Mi papá se sorprendía del alcance que tenían sus columnas en PXPress: decía que ni siquiera en el periódico lo leían tantas personas como en internet.

Y tiene razón: acá son miles y hasta cientos de miles de personas la que leen nuestros textos, los suyos y los míos, y eso les incomoda.

Hoy es 21 de septiembre, y no, no es nuestro aniversario: es el recordatorio de cómo llegaste a este mundo a enseñarnos que, contrario a los malos augurios, con esfuerzo y pasión se puede llegar lejos.

Tú ahora estás en un lugar donde nadie te puede molestar ni dañar: ahí es a donde viajo cada noche para verte y seguir con esas pláticas que se prolongaban horas hablando de todos los temas, con mi mamá ahí, a un lado, siendo testigo de todo lo que decíamos.

Te veo en la noche, papá. Como todas las noches.