Miguel de la Madrid Hurtado en Colima*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

Casi para finalizar el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado, los profesionales de la crítica ya habían acuñado una frase que era un juego de palabras del lema de la campaña presidencial del propio colimense, quien al principio se proponía llevar a cabo una “renovación moral de la sociedad”. Los críticos decían ante un público que se desternillaba de risa:

—Con el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado lo único que hubo fue la renovación del morral.

Con esa frase se resumía todo el sexenio de un presidente que, desde el arranque de su campaña, enarboló la bandera de la honestidad para llevarla hasta sus últimas consecuencias una vez llegado al poder, saltado el formalismo que entonces representaban las elecciones, donde el mismo partido las organizaba, las vigilaba y, por supuesto, siempre las ganaba.

La supuesta “renovación moral de la sociedad” no pasó del encarcelamiento de algunos cuantos peces gordos, porque sí lo fueron los siguientes funcionarios del lopezportillato: el director general de Pemex, Jorge Díaz Serrano; el “general” Arturo Durazo Moreno, jefe de la policía del Distrito Federal, y Everardo Espino, director del Banco Nacional de Crédito Rural y más tarde director de la Comisión Nacional de la Industria Azucarera.

Si bien se trató de personajes de peso en esa época, muchos otros políticos lograron librarla y hasta incurrieron en los mismos vicios que De la Madrid Hurtado planeaba castigar. Uno que se le fue vivo al entonces presidente fue el entonces poderoso Grupo Universidad, al que en su campaña parecía dirigirse el colimense cuando se refería a los que se beneficiaban desde sus cargos públicos con los recursos del pueblo.

El Grupo Universidad, encabezado por Jorge Humberto El León Modorro Silva Ochoa, Juan José La Picha en Bajada Farías Flores, Arnoldo El Profe Ochoa González, Fernando El Nene Moreno Peña y Jesús El Toro Mecánico Zepeda Álvarez, vio sus mejores tiempos precisamente en el delamadriato, con una echada de mano de Griselda Álvarez Ponce de León, a la sazón gobernadora de Colima (1979-1985).

Así, se dio el caso en el que El León Modorro Silva Ochoa, líder nato del grupo político y rector de la Universidad de Colima, resultó electo diputado federal por el primer distrito electoral en la LII Legislatura (1982-1985) sin tener que abandonar su cargo académico, es decir, fue nada menos que rector de la UC y miembro de la Cámara Baja del Congreso de la Unión al mismo tiempo.

Una vez vino a Colima De la Madrid Hurtado, acompañado de su esposa Paloma Cordero, todavía en su calidad de Secretario de Programación y Presupuesto y ya por entonces fuerte precandidato presidencial. La señora llamaba poderosamente la atención por un atractivo porte que la hacía ver como sueca o danesa y no como mexicana, acostumbrados como estábamos a ver a las prietas de rasgos indígenas y a las morenas.

En Colima tiene muchos familiares De la Madrid Hurtado (incluidos los directores de sendos periódicos locales), de manera que eso influyó para que la clase política colimense recibiera a la futura pareja presidencial con bombo y platillo. Todo mundo se llevó una grata impresión del matrimonio De la Madrid-Cordero, pues ambos personajes no se cansaron de prodigar saludos y afectos a cuanta persona les salió al paso.

Traigo a colación lo anterior porque, ya con De la Madrid Hurtado en el poder y su esposa al frente del DIF Nacional, el comportamiento de la señora Paloma Cordero había sufrido una transformación notable. Así, de la sencilla y afable esposa del precandidato presidencial pasó a convertirse en una mujer neurótica y poseedora de todos los vicios propios de los que llegan a alcanzar el poder sin límites, como ocurría con los presidentes del viejo PRI.

Por ese entonces, los directivos del periódico para el que trabajaba como reportero me asignaron cubrir las actividades de la “primera dama” en la inicial  gira de trabajo que el nuevo presidente realizaría por nuestro estado. La orden me la dieron sólo por joder, pues el director del diario le cedió el plato fuerte (la actividad presidencial) al jefe de información, que se moría de ganas por lucirse como quinceañera en su baile inolvidable.

Cuando llegué al primer sitio que tenía agendado Paloma Cordero como parte de sus actividades en Colima, de manera independiente a las de su marido, un gorila  del Estado Mayor Presidencial se acercó a los reporteros que cubriríamos la fuente. Con prepotencia y con un gesto que se hacía más hosco por los lentes oscuros que le cubrían medio rostro, el tipo soltó en tono marcial:

—No quiero que se acerquen demasiado a la señora durante toda su gira. Los que vayan a tomar fotos no disparen directamente al rostro de la señora, pues a ella le molestan las luces de las cámaras. Quiero que obedezcan al pie de la letra para no tener que verme obligado a tomar otras medidas.

Estaba claro que había que ceñirse a las instrucciones del émulo de Pinochet, pero algo me llamaba la atención en ese hecho: ¿dónde había quedado aquella Paloma Cordero sencilla y amable que se desvivía por saludar a todo el que se le cruzaba? ¿Desde cuándo le molestaban a la bendita señora las luces de las cámaras fotográficas, si poco antes hasta posaba para salir lo mejor posible en cuanta placa llegara a imprimirse?

En tiempos de De la Madrid Hurtado fue cuando los elementos del EMP se portaron con la población civil de la manera más prepotente posible. En una gira de trabajo por el puerto de Manzanillo,  en el interior de uno de los hoteles más importantes de la entidad, varios periodistas fuimos testigos de la forma tan despiadada con la que trataron a un hombrecito de aspecto frágil y pelón, que casi salió disparado por los aires. Más tarde nos enteramos que era Carlos Salinas, en funciones de Secretario de Programación y Presupuesto.

No estoy seguro si fue en esa ocasión o fue en otra, pero en un recorrido que hizo en barco por la costa de Manzanillo De la Madrid Hurtado, como parte de las actividades por el Día de la Marina, al presidente no le quedó otra que tener que saludar a los pasajeros que iban a bordo, entre los cuales, amén de colados oportunistas, varios éramos reporteros.

Es curioso, pero nunca me había tocado saludar a un presidente de la República: ni antes ni después de esa ocasión. Tampoco nunca busqué tener tan dudoso honor, pero tuvo que ser un paisano al que saludara. Lo interesante es que entre el grupo iba un reportero con fama de chayotero, de manera que al extender la mano para estrechar la diestra de De la Madrid Hurtado, el colega no lo hizo como es la costumbre, sino traicionado por el subconsciente: con la palma hacia arriba, como a la espera de recibir su sobre.

Por cierto, durante todo el sexenio de De la Madrid Hurtado se inventó en Colima una oficina que dependía directamente de la SPP, de la cual había salido catapultado el colimense para convertirse en presidente de la República. Era algo así como un banco de datos creado sólo para justificar el pago de una nómina en la que el principal beneficiario era un pariente, Bueno, para algo tenía que servir pertenecer a la entonces llamada “familia real”.

Una vez terminado el sexenio de De la Madrid Hurtado, el tal banco de datos (que era objeto de burlas de los colimenses, que decían que era el único banco al que los ladrones no habían asaltado) desapareció sigilosamente, de la misma forma en que surgió. No había duda: toda la parafernalia de tiempos del delamadriato había quedado en una burda renovación del morral.

Hoy el único presidente de origen colimense descansa en paz. Pero ¿en verdad descansa en paz?

*Columna publicada el 2 abril de 2012.