POR Bibiano Moreno Montes de Oca
¿Cuándo fue que se jodió el país?, preguntaría uno parafraseando al escritor peruano-español Mario Vargas Llosa. Respuesta: pues ni más ni menos que cuando el sanguinario Felipe Calderón Hinojosa llegó a la presidencia de la República y, casi de inmediato, inició con los operativos militares en Michoacán y en algunas otras pocas entidades, previo a la unilateral declaración de guerra hecha al crimen organizado.
Es bueno aclarar que el país se jodió no con la llegada de los panistas en el 2000, con el atarantado Vicente Fox a la cabeza, sino cuando apareció en escena Felipe Calderón. De entonces a la fecha, hace ya casi cinco años, el territorio nacional se ha teñido de sangre a consecuencia de una guerra absurda emprendida por un loco que se aferró a ella como la única manera de legitimarse en un puesto que obtuvo a la mala.
Y a causa de esa locura que prevalece en México por la terquedad de Felipe Calderón, sediento de sangre, ocurren tragedias inenarrables como la de este lunes en nuestro otrora pacífico estado (que de momento se encuentra en el purgatorio), cuando cinco cobardes sicarios masacraron a tres de los cinco miembros de una familia domiciliada en la colonia Santa Elena, incluido un inocente niño ¡de dos años de edad!
¿Puede haber mayor monstruosidad que unas bestias inhumanas se hayan atrevido a matar a un pequeño que ninguna culpa tenía de nada, comenzando por haber nacido en un mundo lleno de violencia y maldad? Este es un crimen que no tiene nombre; es más, ni siquiera existen palabras para definir debidamente lo que es una monstruosidad tan grande como el universo.
Lo peor de todo es que este tipo de desgracias pudieron haberse evitado de no haber llegado a la presidencia de la República un desequilibrado como lo es Felipe Calderón, empecinado en continuar hasta el final con el baño de sangre que prevalece y que de nada ha servido para detener tantito la ola de violencia e inseguridad que campea por todos lados, sino todo lo contrario.
Antes de la llegada a Los Pinos del demente Felipe Calderón la violencia distaba mucho de haberse disparado hasta los índices en los que se encuentra actualmente. Algunos estados, especialmente ciertas regiones del país, sí ameritaban una lucha a fondo del gobierno federal contra el crimen organizado; pero la mayor parte de la República Mexicana estaba muy lejos de ser el infierno en el que se convirtió y en el que ahora sobrevivimos.
La muerte de esos tres miembros de la familia masacrada nunca se hubiera dado si la guerra contra los cárteles de la droga se hubiera emprendido con otro enfoque, donde si bien tendría que hacerse uso de las armas, esa acción sería la menos prioritaria. De hecho, hay muchos que coinciden en que ni siquiera se debió haber hecho uso de las fuerzas armadas en una campaña en la que la inteligencia debió haber sido ingrediente primordial.
Tan sólo en Colima, antaño casi el paraíso, en lo que va del año van 230 muertos a causa de una cruel guerra decretada por un sicópata; más aún, por un sociópata, pues mientras el primero mata sin ser consciente del daño que inflinge a sus víctimas, el segundo sí es totalmente consciente de lo que hace, pero le vale madre. Igual son sociópatas esos sicarios que, sin ningún respeto por la vida, mutilan y descuartizan cuerpos de seres humanos.
No hay nada en el mundo que justifique a los asesinos que, enloquecidos (tal vez bajo el influjo de alguna droga), cercenan cabezas, arrancan brazos y piernas (como ocurrió apenas hace unos días con dos jóvenes tecomenses cuyo delito fue haber sido homosexuales); en fin, que siegan vidas humanas con tal saña que superan cualquier horror ficticio abordado en el cine o en la literatura.
Pero esa reacción brutal del crimen organizado entra en la misma dinámica de un gobierno federal que prefiere ponerse al mismo nivel, cuando existían otros caminos menos dolorosos para enfrentarlos. Lo de menos sería que se acabara con esos asesinos despiadados, pero en el intento de eliminarlos sobrevienen los daños colaterales, donde se inscriben miles de inocentes a lo largo y ancho de la geografía mexicana.
Algunos lameculos del panismo se molestan cuando los más acérrimos críticos del loco presidente que padecemos en México hacen alusión a “los muertos de Calderón”, pero tal definición no pudo haber sido más acertada: esas muertes se deben al desquiciado Felipe Calderón porque fue él quien inició una guerra que nadie en México había solicitado y, mucho menos, avalado.
Por lo anterior, no resulta ninguna novedad que ya se prepare una denuncia en contra del sanguinario Felipe Calderón en su calidad de criminal de guerra. ¿No es una guerra la que él comenzó sin ningún consenso? ¿Acaso no autorizó esa guerra Felipe Calderón como una forma de desviar la atención por la creciente inconformidad nacional de una elección bajo la sombra de la duda?
Hoy, casi cinco años después del infausto acontecimiento, vemos horrorizados las matanzas más despiadadas que jamás nos pudimos imaginar, donde se incluye la más reciente en Colima: la de un pequeño de dos años cuyo único error fue haber nacido en un país gobernado por un sujeto enloquecido, como enloquecidos están también los que lo asesinaron a sangre fría, como si se hubiera tratado de un peligrosísimo “enemigo”.
Todo el rigor de la ley se debe aplicar a Felipe Calderón, en su faceta de criminal de guerra, pero también a las bestias inhumanas que se atrevieron a truncar una pequeña vida que apenas comenzaba a florecer y que era ajena al odio, al rencor, a la maldad y a la perversidad de aquellos que, como el presidente de México, sienten un absoluto desprecio por la vida humana.
Los tres integrantes de la familia asesinada eran el padre (que se dedicaba a la compra y venta de vehículos usados en la vía pública), la madre y el pequeño hijo. Otros dos niños miembros de la familia se salvaron de milagro. Ya se encuentran bajo el resguardo de la Procuraduría.
Aunque ha habido otros casos de asesinatos terribles en Colima, el de esta familia es, sin duda, uno de los más escalofriantes, pero al mismo tiempo de los que más indignación debe despertar entre la sociedad colimense. Se trata, en efecto, de un crimen que no tiene nombre.
*Columna publicada el 17 de octubre de 2011.
