POR Bibiano Moreno Montes de Oca
Transitar por las diversas carreteras del país dejó de ser algo idílico para llegar a convertirse en una pesadilla en vivo, en directo y a todo color, aunque prevaleciendo más el lado oscuro de la realidad. Y ni siquiera fue a raíz de que se le declaró la guerra al crimen organizado en el sexenio de Felipe Calderón, sino tiempo después, cuando las secuelas llegaron para quedarse en el imaginario colectivo de los mexicanos que viajan en su automóvil en lugar de hacerlo en el camión de pasajeros.
Un amigo viajó la semana antepasada a tierras michoacanas, obviamente atravesando territorio de Colima y de Jalisco, para encontrarse con un viejo conocido en el pueblo de Pátzcuaro, aprovechando el puente más reciente. Mi amigo salió en su auto, en muy buenas condiciones, junto con su esposa embarazada y un primo de él. Durante el trayecto de ida dijo que todo transcurrió con normalidad. Pasaron por lugares como Mazamitla (Jalisco), Los Reyes y Cotija (Michoacán) en su paso hacia su objetivo: el pueblo de Pátzcuaro que es reconocido por su lago y la famosa isla Janitzio.
El nombre del pueblo de Cotija me llamó la atención cuando lo escuché, Recuerdo que había un chocolate y un queso que eran elaborados en ese pueblo y que se conocían popularmente por el nombre del pintoresco lugar: queso de Cotija, chocolate de Cotija. Mi amigo destacó que es un poblado muy bonito, muy agradable, como de película de ensueño, así como para quedarse a vivir ahí por siempre.
Por esos días en los que mi amigo se dirigía hacia el pueblo de Pátzcuaro a visitar a un viejo conocido, en la población michoacana de Los Reyes el crimen organizado había asesinado a cuatro personas, de manera que el lugar no estaba caliente por la permanente presencia de los narcos que operan a sus anchas, sino que estaba al rojo vivo. De regreso, procurando viajar con todas las precauciones posibles, a mi amigo, su esposa y el primo los sorprendió la noche en un poblado de Jalisco, a menos de una hora de haber dejado atrás Los Reyes, Michoacán.
Todos los comercios estaban cerrados a las nueve de la noche. A la salida de un pueblito jalisciense pararon a cargar gasolina y vieron una pizzería abierta, donde encargaron una pizza para consumirla en el camino. De inmediato notaron que había varias camionetas negras de vidrios polarizados y sujetos vestidos de negro con radios enfundados a la cintura. Uno que debió ser de mayor rango, más viejo que los otros que eran muy jóvenes, portaba dos radios que colgaban de sus hombros. Los halcones los miraron intimidatoriamente, pero no los molestaron cuando vieron que eran dos hombres y una mujer con seis meses de embarazo.
El primo de mi amigo se dirigió al baño y, al salir, hablaba animadamente por el teléfono móvil con su padre. En un momento dado dio la ubicación por donde andaban y mencionó el nombre de Los Reyes, que poco menos de una hora habían dejado atrás. La mención del pueblo encendió las luces rojas del tipo de los dos radios, que se acercó a mi amigo para interrogarlo con toda la autoridad que le daba ser un narco al servicio de algún cártel:
—¿Ustedes son de Los Reyes?
—No, señor, somos de Colima –dijo mi amigo, intimidado.
—¿A dónde fueron?
—Fuimos a Pátzcuaro, a visitar a un amigo.
Mientras el tipo hablaba con mi amigo, al mismo tiempo se comunicaba por el radio con alguien de mayor jerarquía, quien le daba instrucciones para que siguiera con el interrogatorio. Al chasquido del radio se escuchó el crepitar de una metálica voz que ordenó:
—Pregúntales qué hacían en Los Reyes.
El halcón repitió la pregunta. Mi amigo respondió:
—Sólo llegamos a ver si podíamos comprar algo para comer, pero todo estaba cerrado. Por eso seguimos en el camino hacia Colima. Y por eso llegamos aquí a comprar una pizza.
—¿En qué trabajas? –insistió el hombre de negro.
Por fortuna, traía a la vista una credencial de empleado de un Ayuntamiento y la mostró al halcón. Mientras el de negro le pedía a otro más joven que leyera el nombre y reconociera si el de la foto era el mismo que se encontraba en ese momento frente a él, mi amigo hurgoneaba angustiosamente en su billetera para sacar su credencial de elector. Por fin la encontró y la mostró. El tipo dio al otro la identificación oficial para que corroborara los datos. Listo. Todo en orden.
—Ya pueden irse –ordenó el halcón, al comprobar que las tres personas que viajaban en el auto era gente de bien que vive en Colima.
El alma volvió al cuerpo a los tres, aunque todavía durante un buen trecho los siguieron varias de las camionetas negras con los sujetos vestidos de negro, tal vez para corroborar que se dirigían a la capital colimense y no desviaban hacia otro rumbo. La pizza se enfrió porque a nadie se le ocurrió comerse una rebanada.
*Columna publicada el 11 de febrero de 2021.
