POR Gustavo L. Solórzano
El servidor público que trabaja para su beneficio y olvida a sus representados, está traicionando no solamente sus principios, sino la confianza que le fue depositada.
Comala ha sido denominado pueblo mágico, pueblo blanco de América, etc. los artesanos, mujeres y hombres talentosos, se esfuerzan al elaborar sus productos con calidad y calidez, objetos diversos como, calzado, pulseras, piedras, ponche y otras bellezas artesanales, que son atractivos para el turismo que se da cita en ese bello rinconcito colimense. Naturalmente es gente de recursos modestos que trabajan para llevar el sustento a sus hogares y contribuir así, en aliviar un poco las necesidades cotidianas.
Durante muchos años, el jardín de Comala y sus alrededores ha sido escenario de grandes encuentros con la cultura ancestral. Gobiernos solidarios y comprometidos con el desarrollo de sus municipios y estados, viendo principalmente por las clases más desprotegidas, impulsaron proyectos que favorecieron al comerciante con sus microindustrias. Hoy, en el caso concreto de Comala, la magia está siendo exterminada por trabajadores del ayuntamiento, que al parecer, han perdido el rumbo.
“Queremos seguir dignificando el trabajo de los artesanos”. Señala una persona con la que platiqué, “El gobierno de Comala no nos da el valor que merecemos”, dice, y agrega, “Nos cobran demasiado, nos notifican a última hora de todo lo que nos compete”. La siguiente expresión es preocupante, “Nos han dicho que estorbamos en el jardín”, señala con tristeza e impotencia la persona con la que platico y sin duda con temor de represalias. Son padres y madres de familia que sienten vulnerado su derecho a trabajar de manera lícita y llevar el pan a sus casas. Precios que van de 1500 hasta 2800 (por 14 días) pesos para tener permiso de vender, solo como ejemplo, durante las fiestas charro taurinas del municipio.
“Las ganancias son modestas y apenas se cubren gastos, si nos quitan de ahí, seguramente perderemos nuestro sustento”. Indudablemente es una situación bastante seria, delicada, la que hoy enfrentan los artesanos comaltecos. Falta de iluminación, exposición excesiva al sol, polvo, cobros no favorables y olvido, han tenido que enfrentar cuando han sido obligadamente removidos a otro sitio. Algunos piensan que la presidenta no está enterada, “De lo contrario, ya habría puesto solución,” Me cuenta, y recuerda que cuando su esposo fue presidente, (Agustín Morales) jamás tuvieron problemas.
Lo artesanos se consideran parte del patrimonio cultural de Comala y solo piden trabajar con respeto y dignidad, ser escuchados. Cada uno representa a una familia con necesidades básicas. “No nos manden a pedir limosna ni a delinquir”, dicen.
Mi pregunta es, ¿Alguien le estará queriendo meter zancadilla a la presidenta con estas acciones inhumanas?
ABUELITAS:
La biblioteca se llamaba Balvino Dávalos y estaba ubicada en la calle Ana Martel cruce con Hidalgo, en el mero centro. Una señora llenita y de lentes cuyo nombre ignoro, la atendía cuando yo llegué como estudiante. Fueron responsables de la misma, Oscar Álvarez y Federico Rangel, papá de los maestros Federico y Guillermo. Olía a papel viejo y polvo, aunque siempre estaba limpia, requisito indispensable, silencio total. Sobre la misma calle Ana Martel, se paraban los urbanos y justo ahí, estaban las oficinas de tránsito. Su uniforme era color caqui y algunos traían pistola, hoy ni desarmador. Es cuánto.
