POR Bibiano Moreno Montes de Oca
Tras despacharme las cinco temporadas de la serie política House of Cards (que en nuestro idioma sería más bien Castillo de Naipes, que es la expresión más apropiada a la traducción literal: Casa de Cartas), me nació un tremendo interés por conocer la versión inglesa noventera de la BBC de Londres, Inglaterra, en la que Netflix se basó para llevar a cabo su propia historia, que tiene lugar en Whasington, la capital de Estados Unidos.
Una y otra tramas son excelentes, pero existen profundas diferencias entre la versión original y la estadounidense, no tanto por el tiempo en que se hizo una y otra (en la inglesa, que se llevó a cabo entre 1990 y 1995, las redes sociales eran aún una utopía, en tanto que en la gringa el Twitter y los teléfonos móviles de última generación ya son fundamentales), sino por el contexto: la primera se desarrolla entre la Cámara de los Lores, mientras que la segunda se centra en los inquilinos de la Casa Blanca y del Capitolio.
Ciertamente, las dos historias arrancan a partir de una mala jugada que les hacen pasar a los dos personajes centrales (el Francis Urquhart inglés y el Francis Underwood gringo) sus respectivos jefes. Por un lado, al flemático londinense (interpretado magistralmente por el actor Ian Richardson) el primer ministro de Inglaterra no le otorga el papel que le había prometido; por el otro, el presidente de EU tampoco puede cumplir con hacer secretario de Estado al norteamericano (con un Kevin Spacey sobrio, pero menor que su contraparte inglés).
Así, tras ser engañados por sus respectivos jefes en lo que se refiere a compromisos de campaña, las historias se desarrollan en sus respectivos contextos, siguiendo caminos diferentes. Porque si bien la versión de Netflix está basada en la de la BBC de Londres, las historias de una y otra se vuelven casi diferentes, aunque con algo en común: la capacidad de ambos personajes (el inglés y el norteamericano) por realizar cualquier cosa con tal de lograr sus ambiciones políticas, no exentas de mesianismo, sin excluir el asesinato.
En la versión del personaje que interpreta Ian Richardson la serie apenas duró tres temporadas de cuatro capítulos cada una, lo que significa que apenas equivale casi a los episodios de la primera temporada de la versión en la que Kevin Spacey hace de las suyas. Y hay que recordar que se llevaron a cabo cinco temporadas en total (con trece capítulos por temporada), pues la sexta la suspendió Netflix por culpa de los escándalos de corte sexual en los que se vio envuelto el actor principal. Así, es posible que la serie se suspenda en definitiva.
La versión inglesa es superior a la gringa, pues se basó en tres novelas (que, a su vez, se convirtieron en las tres temporadas con sus respectivos cuatro capítulos) del escritor Michael Dobbs, que fue un parlamentario del Partido Conservador de la época de la primera ministra Margaret Thatcher. Así, en el orden de aparición, las novelas (y las temporadas) son las que siguen a continuación: House of Cards (Castillo de naipes), To play the King (Para jugar el rey) y The final cut (El corte final), que por cierto, por ser el cierre, resultó excepcional.
Si bien la serie de Netflix contó con el asesoramiento del mismo escritor de las novelas arriba citadas, la de la BBC es mejor porque se basa en la historia original. La serie de Netflix tuvo que adaptar al contexto gringo el inglés de las novelas de Michael Dobbs y de la serie de la BBC. Al final de cuentas, en EU no hay primer ministro ni monarquía, pero sí hay presidente y Capitolio. Como sea, ambas funcionan bien, pero insisto en que la de Inglaterra es mejor que la de EU.
Las enormes diferencias entre unos y otros personajes femeninos también son de resaltar. La mujer del Francis inglés, Elizabet Urquhart (Diane Fletcher) impulsa a su esposo a conseguir todo lo que ambiciona, sin tratar de disputarle el poder ni de hacerle sombra, e incluso consintiendo que tenga aventuras con otras mujeres. Eso sí: cuando el mesianismo de su marido pone en peligro el gran negocio que hizo con un empresario chipriota, toma sus medidas para deshacerse de la amenaza. En tanto, Claire Underwwod (Robin Wright) es una Lady Macbeth que en la última temporada alcanza nada menos que la presidencia de EU.
Por lo que se refiere a las características de los personajes inglés y gringo, hay también notables diferencias. El personaje de Ian Richardson cae bien, aunque no se esté de acuerdo con todo lo que hace para lograr sus fines. Cuando se dirige hacia la cámara, haciendo cómplice al televidente de sus trapacerías, uno queda desarmado ante un personaje carismático, tal vez por su elegante acento londinense. Por si fuera poco, Francis Urquhart sostiene tórridos romances con dos personajes femeninos que adquieren relevancia: una periodista (que aparece en la primera temporada) y una asesora (que sale en la segunda temporada).
En ambas historias las periodistas mueren a manos de los Francis (el inglés y el norteamericano), pero en la versión de Netflix no existe relación sexual entre ella y el político que apenas aspira a ser vicepresidente de EU. En este sentido, el Francis Underwood de Kevin Spacey es ambiguo: ni siquiera tiene algún faje con su aún buenota esposa ni con ninguna otra mujer, aunque sí hace un trío con un guardia de seguridad, lo mismo que arma otro trío con el escritor que trabaja para él y su esposa. Además, se consigue a un muchachito (o un sobrino, como dirían los puñales clásicos en México) que se lleva una temporada a vivir en la Casa Blanca.
O sea: el presidente de EU en la serie de Netflix es básicamente un homosexual, mientras que el primer ministro de Inglaterra es todo un machín, aunque sin mostrar escrúpulos a la hora de mandar asesinar a alguien, sea hombre o mujer. Y por lo que se refiere al asistente de todas las confianzas (ambos de apellido Stamper, pero con diferentes nombres), el Francis inglés se lo despacha en la segunda temporada, en tanto que el Francis gringo (incluida su esposa) ya lo ve con desdén en la quinta temporada (que se convirtió en la última, a pesar de que daba para más).
Pero de una cosa se puede estar seguro con la serie House of Cards, sea la versión inglesa o la norteamericana: el entretenimiento está garantizado por la intensidad de la historia.
*Columna publicada el 19 de noviembre de 2017.
