POR Bibiano Moreno Montes de Oca
Me va a disculpar el estimado Bean, pero el recientemente fallecido dictador venezolano Hugo Chávez lo que menos debe estar haciendo en estos momentos es descansar en paz, si es que existe vida más allá de la muerte; al contrario, ahora es cuando seguramente va a tener que esforzarse demasiado para eludir los picotazos que los demonios del infierno le infligen a los condenados con sus puntiagudos tridentes.
Porque es obvio que, si existe un infierno como el que nos describe Dante Alighieri en su monumental obra La divina comedia, es justamente en ese lugar en el que se encuentra ahora un individuo que dejó a su país con problemas económicos, políticos, sociales y de inseguridad. Por ello, dudo mucho que el Mussolini caribeño se encuentre cómodamente en algún mullido sillón releyendo Mi lucha, su libro de cabecera, autoría del ínclito Adolfo Hitler.
Puede parecer de mal gusto escribir mal de un difunto, pero no está por demás subrayar que no se trata de cualquier muerto, sino del político que llegó al poder en una elección constitucional, para de ahí erigirse en un dictador de república bananera, que atacó sin piedad a la prensa, radio y TV de su país por el terrible “pecado” de ejercer la libertad de expresión.
En una dictadura lo primero que se hace es suprimir las garantías individuales: eso fue lo que hizo Hugo Chávez con un cinismo digno de mejor causa. Por supuesto, no se quedó sólo en el hecho de asesinar a la libertad de expresión: luego vinieron las “nacionalizaciones” de empresas de otros países que habían apostado por invertir sus capitales en la Venezuela chavista (la empresa mexicana Cemex es ejemplo de esa arbitrariedad gubernamental), quedando en manos de políticos inexpertos en el manejo de las mismas, pero sí muy corruptos.
Como en la mayoría de los casos de dictadores que ha habido a lo largo de la historia (Stalin, Hitler, Mussolini, Trujillo, Perón, Castro, etcétera), Chávez fue un dictador carismático. Es inútil pensar que habrá otro igual que lo sustituya en Caracas; menos aún, si es el muy verde del tal Maduro, el vicepresidente que ya tomó las riendas del poder por dedazo presidencial post mortem, aunque sólo sea por un mes.
Pero los seguidores, amigos y simpatizantes del dictador no lo fueron porque en verdad creyeran en las frivolidades y excentricidades del personaje, sino por lo desprendido que era con lo que no era suyo. Así, petróleo, casas, becas, premios, viajes, empleos bien remunerados y demás estímulos fueron destinados para aquellos que le juraron amor eterno al derrochador de lo ajeno.
De manera, pues, que unos de los más afectados con la muerte del dictador serán los gorrones internacionales Fidel y Raúl Castro, que son algo así como la versión perversa de Las señoritas Vivanco, que probablemente se queden sin el petróleo que les regalaba a manos llenas su desaparecido homólogo venezolano, típico candil de la calle y oscuridad de su casa.
Y es que, en efecto, Hugo Chávez dejó en la ruina a su país, por más que hoy le canten sentidas loas sus admiradores en México.
A este respecto, con todo el poder en sus manos, Hugo Chávez fue un bravucón pendenciero. A George W. Bush lo calificó de pendejo, pero el gringo ni por enterado se dio, mientras la Venezuela chavista le siguiera vendiendo a Estados Unidos la mayor parte de su producción petrolera.
Pero ese bravucón, ese que retaba al que se le pusiera enfrente y que escupía por un colmillo, al sentir que lo rondaba la muerte resultó chillón como el cobarde que siempre fue. Las últimas palabras del dictador Chávez, cuando sintió que su cita con el destino era ineludible, clamó: “Yo no quiero morir, por favor, yo no quiero morir”.
Los fanáticos del venezolano podrán alegar que la frase es la de un hombre que quería vivir para seguir sirviendo a su pueblo. Falso totalmente. Esas palabras son la prueba de que Hugo Chávez, al final, fue un cobarde al que le temblaron las corvas, sobre todo porque sabía lo que le esperaba en el más allá por su comportamiento en el más acá.
En su grandiosa obra, Dante Alighieri puso en el infierno a políticos, obispos, cardenales y papas de su tiempo. Que no les quepa duda: la frase del “descanse en paz” es simple retórica. Un nuevo huésped se achicharra a fuego lento en estos momentos y por toda la eternidad.
*Columna publicada el 8 de marzo de 2013.
