Arrástrame al infierno*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

Como el título de la cinta del maestrazo Sam Raimi, los cuatro policías asesinados en tierras michoacanas fueron a parar al infierno donde ya no hubo viaje de retorno. No es que haya sido su destino ese lugar que tan deslumbrantemente describe el italiano Dante Alighieri en La Divina Comedia, sino que los uniformados llegaron a una zona que puede decirse que es la sucursal del infierno en la Tierra.

Los policías Juan Carlos Hernández Magaña, Gabriel Iván Chávez Vidal y las hermanas Esmeralda Merad y Yemina Aguilar Barreda, todos ellos integrantes de la Policía Estatal Preventiva (PEP) del estado de Colima, se trasladaron a una fiesta a la que nunca llegaron. El punto de reunión debía ser en la población de Tecalitlán, Jalisco; sin embargo, sus cuerpos sin vida fueron localizados cerca de El Guayabo, por el rumbo a Coalcomán, Michoacán.

Para todos los efectos prácticos, los cuatro policías colimenses tuvieron su última cita con el infierno. Porque en el infierno es en lo que se han convertido algunas zonas bien determinadas en el sur del estado de Jalisco y en buena parte de la vasta geografía de Michoacán. No es que el pequeño Colima esté a salvo, pero comparado con lo que se vive en las vecinas entidades, aquí prácticamente los colimenses nos encontramos apenas en el purgatorio.

Una amplia región que comprende poblaciones del sur de Jalisco y una extensa  zona de Michoacán, donde la propia Apatzingan está prácticamente en manos del crimen organizado, es zona franca de los narcotraficantes. Así, pueblos jaliscienses como Tecalitlán, Pihuamo y Tuxpan, lo mismo que el michoacano Coalcomán, hasta llegar a una ciudad de la importancia de la de Apatzingán, se han convertido en lo más cercano a lo que es el infierno.

A ese rumbo fueron, pecando de inocencia, los cuatro policías que resultaron asesinados fuera de su estado. Los cuatro oficiales de la PEP cometieron la imprudencia de viajar con parte de sus uniformes a una fiesta que tendría lugar en el jalisciense pueblo de Tecalitlán: los hombres y una de las mujeres con el pantalón y las botas negras, pero con playeras (ellos) y blusa (ella). La otra sí iba toda uniformada.

La fatal inocencia de los miembros de la PEP fue su perdición: en una región donde el control lo tienen los narcos y, por tanto, donde un uniforme de color negro llama poderosamente la atención, a los ojos del crimen organizado resultaron altamente sospechosos. O es posible que ya los estuvieran esperando para ajustar cuentas con alguno de ellos, que arrastró con él a los demás al infierno. O pudo haber sido cualquier cosa (por especulaciones no paramos): el caso es que mataron a los cuatro sin piedad alguna, junto con otro civil del que aún no se sabe nada.

Esos rumbos de Jalisco y Michoacán tienen fama de violentos: no hay nada que se les esté inventando. Hace algún tiempo, por razones de trabajo, un abogado fue por aquellos lares, acompañado de su hermano menor que también estudia la misma carrera. De regreso a Colima, procedente de Tecalitlán, comenzaron a ser seguidos por un vehículo sospechoso. Para evitar alguna criminal confusión, bajó los vidrios de su camioneta después de disminuir un poco la velocidad por esa vieja y solitaria carretera.

La maniobra resultó exitosa: al percatarse de quiénes eran (dos hombres jóvenes sin facha de maleantes), el abogado y su hermano fueron dejados en paz. Pero no había duda de que se trataba de narcos que andaban cuidando “su” territorio, quienes se comunican por radio para reportar la llegada y la salida de vehículos que les pueden resultar misteriosos. Poco tiempo atrás ya había ocurrido una matanza de jóvenes en el jardín principal del pueblo, obviamente por diferencias entre bandas rivales.

En Michoacán los narcos tienen el control total de municipios enteros. A la entrada de algunas poblaciones se apostan para avisar a sus cómplices sobre las características de algún vehículo determinado cuyo conductor llama la atención más de la cuenta. Eso es lo que para cualquier visitante, gente extraña y ajena al lugar, se convierte en un infierno por el simple hecho de no ser del rumbo. Así, viajar en autos ostentosos y tener facha de sospechoso es casi el pasaporte seguro para una tragedia en esa región.

La imprudencia fue uno de los principales motivos por los cuales los cuatro policías de Colima fueron asesinados en tierras extrañas. Nunca debieron asistir a una fiesta que se celebraría en lugares que en estos tiempos que corren son muy peligrosos para los fuereños; o bien, al menos pudieron haber viajado vestidos con ropas de civiles. Tal vez eso les hubiera salvado la vida. Tal vez. De cualquier manera, los hechos ya no tienen remedio.

Hoy tenemos que lamentar la terrible pérdida de cuatro jóvenes elementos de la PEP que pudieron haber dado más de sí en su –de momento— peligrosísima actividad en la que se desempeñaban en vida. Las autoridades del ramo están obligadas a rendirles un homenaje póstumo a los caídos, si no en el cumplimiento del deber, por haber sido víctimas del crimen organizado que está imparable… a  pesar de que les vamos ganando la partida.

No hay duda de que mientras continúe el sanguinario sexenio del panista Felipe Calderón Hinojosa, vamos a continuar lamentando la pérdida de muchas vidas humanas que, como la de los policías de la PEP, pudieron haberse evitado si no se emprende contra el crimen organizado una guerra unilateral sin planeación alguna y que sólo sirvió para que pudiera legitimarse el presidente más nefasto que ha conocido México en toda su historia moderna.

¡Y pensar que todavía hay precandidatos presidenciales del PAN que aún creen que tienen alguna oportunidad de seguir en el poder un sexenio más, como los Corderos y los Lujambios! No se puede ser más estúpido nada más porque no se está más viejo.

Pero entre los familiares y amigos de las 50 mil víctimas que ya van en esta lucha sin cuartel emprendida por el calderonato, los desencantados con el criminal gobierno panista y los que sostienen una ideología contraria a la doctrina derechista que caracteriza al PAN, y que jamás votarán por el protegido que sea producto del dedazo de Felipe Calderón, los días de los panistas en Los Pinos están contados.

*Columna publicada el 11 de agosto de 2011.