Un domingo de terror en Colima

POR Jorge Octavio González

Imaginemos por un momento que la escalada de violencia, generada el pasado domingo por el abatimiento de El Mencho, se hubiera extendido por varios días más.

El cierre de negocios, junto con la quema de vehículos y de gasolineras, se dio, por ejemplo, después de mediodía; a las seis de la tarde había gente que no tenía nada que comer porque todas las tiendas estaban cerradas y no estaban laborando los repartidores de aplicación.

En Colima, donde las consecuencias no fueron tan brutales como en varios municipios de Jalisco, había familias enteras desesperadas porque no tenían para comer ni mucho menos para cenar; es increíble que a estas alturas no exista una cultura de previsión entre la sociedad colimense.

La ola de terror del pasado domingo nos demostró que no aprendimos nada de la pandemia del 2020: si algo activó entre la gente el encierro y los cuidados constantes, como el lavado de manos y el uso de cubrebocas, fue, precisamente, el instinto de supervivencia.

Lo del fin de semana no fue ni siquiera un día entero; sólo fue una parte de la tarde y de la noche que quedaron suspendidos los servicios de comida, transporte y educación.

¿Se imaginan si la reacción a la muerte del líder legendario Nemesio Oseguera Cervantes se hubiera prolongado por días enteros, semanas o quizá meses? La sociedad toda habría colapsado.

En Colima no hubo más que el incendio de unos cuantos vehículos y el cierre de negocios; sin embargo, en algunas zonas de Jalisco la situación fue mil veces peor.

En una fábrica de Zapopan, por ejemplo, ese domingo trabajaron quienes querían hacer horas extras para llevar un poco más de dinero a sus casas; cuando estalló la violencia los jefes encerraron a todos los empleados en una sala de juntas y les pidieron que no salieran para nada.

Más tarde, cuando las cosas se calmaron un poco, les dijeron que podrían irse quienes quisieran; uno de ellos decidió irse porque quería estar con su familia, que también pasaron horas de zozobra por los hechos violentos.

Como no había transporte público, porque muchos camiones fueron incendiados y dejaron de prestar el servicio, al trabajador de la fábrica no le quedó otra opción más que irse a pie; tomando en cuenta las distancias entre la casa y el trabajo, a paso veloz hizo casi una hora para llegar a su hogar.

En el camino, sin embargo, le tocó ver la soledad de la ciudad; unos metros más adelante presenció vehículos incendiados, todavía desprendiendo un calor abrasador; también le tocó ver varios establecimientos Oxxo consumidos por el fuego.

Pero lo peor fue cuando estaba cerca de su casa: vio un cuerpo a unos metros de donde vivía con su esposa e hijos. Apretó el paso para llegar y resguardarse con los suyos.

En casa, en tanto, las cosas no fueron mejor: no había que comer. Las tiendas de los alrededores estaban cerradas; algunas dejaban ingresar a unos cuantos para después volver a cerrar, so pretexto de que los delincuentes habían reanudado los hechos de violencia.

No había repartidores, no había negocios de comida abiertos y no se sabía cuánto más iba a durar aquel domingo de terror en Zapopan.

En Jalisco, por ejemplo, las clases se iban a reanudar apenas el miércoles 25 de febrero…si es que no sucedía algo extraordinario.

El sistema económico, el día a día de la gente, no soportaría una situación similar por días enteros; de suceder así colapsaría todo el orden que conocemos hasta ahora.

En Colima sólo fue el domingo el día duro; el lunes abrieron los negocios y la calma volvió. Para el martes regresaba la normalidad.

Pero en Jalisco, en zonas como Zapopan, Guadalajara y la zona metropolitana, el infierno fue mayúsculo.

Si a eso le sumamos que se viene otra pandemia, dicen que mucho más fuerte que el coronavirus del 2020, lo primordial es comenzar a ser previsores y tener en casa lo necesario para emergencias; también tener comida y productos no perecederos para cuando haya desabasto.

Porque ese domingo de terror, ciertamente, podría no ser el único más adelante.