Sade: precursor del cine porno y del snuff (I/II)*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

Las peores atrocidades que hayamos escuchado en la infancia, cuando se nos contaban las historias más terribles jamás imaginadas, parece que tienen su origen primigenio en los apasionantes textos (novelas y obras teatrales) de un tipo francés nacido el 2 de junio de 1740 y llamado Donatien Alphonse Francois de Sade, pero al que universalmente se conoce simplemente así: Marqués de Sade.

La obra del Marqués de Sade es tan influyente en el mundo entero que ahora, al referirnos a las perversidades más atroces que conoce el ser humano, lo calificamos con el adjetivo calificativo de sadismo, donde está presente el dolor, el sexo, el placer desenfrenado y el asesinato abominable. Todas esas atrocidades juntas forman parte del sadismo, de ahí que quien lo practique es un sádico.

En realidad, el término sadomasoquismo es un pleonasmo, pues una cosa no se concibe sin la otra; no, al menos, de Sade para acá. Así, pues, sadismo y masoquismo es lo mismo.

Digo que parece que todas las perversidades parecen tener su fuente a partir de Sade, pero no es así: en realidad, todo se remonta al principio de la historia de la humanidad, según parece. La misma Biblia, esa sabrosa novela fantástica, habla de las ciudades de Sodoma y Gomorra, las que fueron destruidas por practicar sus habitantes todas las bajezas habidas y por haber. 

Y es que cuando varios ángeles, los enviados divinos, fueron a destruir esas dos ciudades, los libertinos sodomitas y gomorristas ¡se los querían llevar a la cama para pasarlos por las armas! (estamos hablando de arma amistosa, no de arma blanca, arma negra o arma gris).

Si bien en esas dos bíblicas ciudades –ficticias— se encuentra la fuente original de todos cuantas perversidades puedan existir, fue el Marqués de Sade el que les dio un orden y hasta las dividió en pasiones en su excepcional novela Los 120 días de Sodoma o La Escuela del Libertinaje, que por cierto es en la que se basó el cineasta italiano Pier Paolo Passolini para filmar una de las cintas (la última del director, al que asesinaron poco después) más controvertidas, titulada igual que el texto de Sade.

En Los 120 días de Sodoma, pues, Sade enumera a las pasiones en cuatro grandes rubros: las pasiones simples, las pasiones complejas, las pasiones criminales y las pasiones asesinas. Cada una de esas pasiones se divide en 150 descripciones de lo que puede ser capaz de realizar el ser humano para provocar dolor, placer, muerte, casi todo relacionado con las relaciones sexuales entre humanos y hasta con animales, es decir, el llamado bestialismo.

Se trata, pues de un total de 600 pasiones que puede haber en el mundo de los humanos para satisfacer todas las fantasías de las mentes más perversas. Al leer todas esas atrocidades nos damos cuenta que el Marqués de Sade es, sin lugar a dudas, el precursor de lo que hoy se conoce como cine porno y cine snuff, estos últimos filmes en los que las torturas y los asesinatos que ocurren son reales.

El cine porno data de principios del siglo XX, pero mucho le debemos a la prodigiosa imaginación de Sade por las posiciones que describe a la hora en la que sus personajes sostienen las relaciones sexuales más disparatadas y difíciles, muy propias de los acróbatas. Todas esas posiciones que se ven en el cine porno, cualquiera que uno se pueda imaginar, se le ocurrieron antes que a nadie al divino Marqués.

En cuanto al cine snuff, yo tenía mis dudas sobre su existencia, pero con los videos difundidos en internet por los fundamentalistas islámicos (que secuestraron y mataron a personas pertenecientes a países que participaron en la guerra en contra de Afganistán e Irak), así como el de los narcos mexicanos que los suben a las redes sociales sin ningún pudor, ya no me queda duda: esos brutales asesinatos cometidos (decapitados, desmembrados, balaceados) son la mejor prueba de su existencia.

Como lo digo, Sade sólo le dio un orden a todas las perversidades que existen en el mundo, pues las mismas existen desde el inicio de la especie humana. Por supuesto, la obra del Marqués de Sade no se limita a la novela atípica Los 120 días de Sodoma (que se refiere a los cuatro meses que varios libertinos se pasan en un apartado castillo con mujeres jóvenes a las que someten a las peores torturas para obtener de ahí el placer), sino que también hay otras obras a cual más de interesantes.

Al parecer, la novela más famosa del Marqués de Sade es Justine o Las desventuras de la virtud, donde la protagonista de ese nombre conoce todos los horrores a los que se exponen las inocentes en un mundo cruel y despiadado de los tiempos de la Revolución Francesa, iniciada en 1789 (la historia se terminó en París en 1797), es decir, hace más de dos siglos, pero que en esencia no ha cambiado mucho en la actualidad.

La joven Justine (o Justina, en la traducción del francés al español) es víctima de la maldad de los ricos, de los ladrones, de los nobles, de los libertinos –como les llama recurrentemente Sade—, pero sobre todo de los curas católicos. En este punto es donde me llama la atención la forma en la que se refiere el Marqués a los supuestos ministros de Dios en la Tierra, a los cuales retrata de manera magistral: como a los peores hombres que pueda haber en el mundo entero.

De manera, pues, que los más perversos, crueles y capaces de cometer las torturas más terribles, son siempre los sacerdotes católicos en las historias del divino Marqués. En su obra las mujeres son casi las víctimas de la maldad de los hombres, aunque en Julieta o El vicio ampliamente recompensado hay una abadesa maligna, aunque sin llegar al nivel de perversidad de los varones.

Así, Donatien Alphonse aprovecha el viaje para darnos a conocer su posición, desde el punto de vista filosófico, sobre la religión católica (San Agustín no pasa de ser un pobre diablo frente a los razonamientos de Sade), sobre política, sobre el asesinato, sobre el aborto y sobre el robo, obviamente en su obra en general, no en algún texto en particular.

Como digo, la novela Justine es la más famosa obra del Marqués de Sade, pero tiene una continuación –o complemento— en Julieta, personaje central de ese nombre que es hermana de la primera. La primera (Justine) es virtuosa y muere sin haber cedido a las tentaciones de los hombres que la sometieron a las más terribles torturas; la segunda (Julieta) se convierte en prostituta, lo que le da la oportunidad de describir las aberraciones a las que estaban acostumbrados los ricachones del siglo XVIII para disfrutar de las putas.

Al final, Julieta se arrepiente de su vida pecaminosa y se vuelve monja, pero por lo menos sigue viva por mucho tiempo más; o sea, nadie le quita lo bailado. En la novela Julieta el Marqués de Sade filosofa sobre el robo, por conducto de uno de sus personajes que es ladrón. Dice así el autor:

“Analicemos el caso de un magistrado que cobra determinada cantidad por realizar un acto de justicia que, por derecho, debería llevarse a cabo sin ningún costo. ¿No roba? ¿Y qué diremos del comerciante que vende un costal de papas a un precio que supera en un tercio su valor real? ¿Y qué hay de los reyes que imponen tributos, impuestos y contribuciones elevadísimas a sus súbditos? ¿Y de los nobles cuyos ingresos provienen de rentas? Todos esos atracos han recibido ahora el nombre de negocio, pero ¿dejan de ser robos, igual que los latrocinios descarados de nuestros antepasados?”

En la novela Justine el mismo Marqués de Sade justifica el asesinato, lo que nos da una idea de su anarquismo, pero tiene razonamientos filosóficos muy coherentes y claros. Señala que si toda persona tiene que morir algún día, de acuerdo con la naturaleza, el asesino lo único que hace es ayudarle en su trabajo a la misma naturaleza. Se trata, pues, de la justificación del asesinato, pero esto hay que verlo como lo que en realidad es: un razonamiento filosófico de un personaje excepcional. (Continuará).

*Columna publicada el 7 de octubre de 2020.