Orwell, AMLO y sus amorosos seguidores*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

Uno entiende que en una campaña política los candidatos y sus seguidores le digan todo lo que quieran a los otros adversarios y sus respectivos seguidores, pero hay un límite cuando muchos exaltados se dedican a predicar el odio… ¡y quieren voltear la tortilla acusando exactamente de lo mismo a los demás! O sea: llegan al colmo del cinismo de tirar la piedra y esconder la mano.

Así pasa con los seguidores de Andrés Manuel López Obrador, el candidato de las izquierdas: ellos sí pueden echarle toda la mierda que puedan a los postulantes de otros partidos; sin embargo, no se atreva alguien a señalar todos los lastres que arrastra el llamado mesías tropical (Enrique Krauze no acuñó el término, pero lo hizo popular al profundizar en la personalidad del tabasqueño en un extenso  ensayo), porque entonces sí arde Troya.

Cuando se hacen señalamientos sobre un personaje como MALO, es aceptable que sus seguidores aporten argumentos contundentes para desmentir lo que pudieran considerarse falacias; pero no hay nada por hacer cuando una jauría de hienas es la que responde de la manera más soez, procaz y sin un mínimo de sentido común cuando les tocan a El Peje. Así, la consigna se resume en ver quién lanza más insultos y solazarse con ello.

En los últimos días se ha debatido ampliamente sobre las veladas amenazas de los pejistas, reforzadas por el grupo #YoSoy132 y el EPR, si a López Obrador lo vuelven a hacer víctima de un fraude, dando por hecho que su “guía moral y espiritual” ya tiene el triunfo en la bolsa y que el día de la elección sólo será un simple trámite por cubrir.

La violencia es una realidad latente en el país desde el arranque del calderonato. ¿Cuánto más puede espantar que se arme una revolución, si Felipe Calderón lleva en la cuenta más de 60 mil muertos en la guerra que emprendió contra el crimen organizado? ¿A quién asustan los pirruris –como les llamó despectivamente el propio MALO en 2004— y eperristas con sus bravatas?

La violencia ya está aquí gracias al PAN, pero las izquierdas fingen demencia y todo se lo quieren atribuir al PRI, organismo del que se desprendieron muchos de los que hoy enarbolan la bandera de la honestidad, la decencia y las buenas costumbres (como el traidorazo Manuel Camacho Solís, el cínico Manuel Bartlett Díaz, el higadazo Marcelo Ebrard Casaubón, el amnésico Porkirio Muñoz Ledo y demás prohombres, sin dejar de lado a su jefe nato, el tabasqueño), todos ellos sin un ápice de autocrítica, como si fueran la perfección encarnada.

Los mexicanos debemos confiar en la las instituciones que hace veinte años eran impensables en el país. Hay que votar por el candidato que sea, sin que ello implique un voto por el odio, como sí lo hacen los seguidores de López Obrador, que a la fecha no se ha desmarcado de sus violentas huestes.

Salvo porque AMLO no tiene aún el poder –pero que busca con frenesí—, sus seguidores en México se parecen demasiado a los personajes que adoran al Gran Hermano, figura emblemática de la vanguardista novela 1984, del escritor inglés  George Orwell.

El personaje omnisciente, el Gran Hermano, tiene como su némesis a otro al que se conoce como Goldstein, que es el villano favorito de los habitantes de un Londres sórdido, culpable de todos los males habidos y por haber. Cada semana se organiza la Semana del Odio, donde la gente da rienda suelta a sus más bajas pasiones en contra del traidor que se atrevió a venderse a los enemigos externos para, desde la clandestinidad, continuar con sus actos de sabotaje.

Los personajes son identificables: el Gran Hermano es Stalin y Goldstein es Trosky. El primero es un personaje bueno que lucha por sacar adelante a su pueblo, pero el otro es un conspirador que hace todo lo posible por perjudicarlos y atacar a la revolución. Por eso, para mantener la animadversión en contra del traidor, se organiza la Semana de Odio.

Algunas de las actividades que se incluyen en la Semana del Odio son las de mostrar en las pantallas de TV, en close up, el malvado rostro de Goldstein durante un buen rato, tiempo que la gente aprovecha para denostarlo a más no poder. En algunos casos, incapaces de controlar su delirante paroxismo, los  ciudadanos lanzan objetos para dañar –aunque sea simbólicamente— a la repudiada figura que aparece a cuadro en ese momento.

Lejos de reprocharle las autoridades esa conducta a la gente, hasta se le premia para que continúe así, incluso en el hogar, donde no es raro que los hijos delaten a sus propios padres por un comportamiento que no se ajusta a la política del líder nato. No por nada, la urbe londinense, donde transcurre la trama, está repleta de carteles con el rostro de rasgos felinos del personaje y con un lema que reza así: “El Gran Hermano te vigila”.

Entre el fanatismo virulento de los seguidores de López Obrador y el de los orwellianos del Gran Hermano no hay diferencia alguna. Pero hay algo que se debe destacar en este caso: la de George Orwell es una alegoría sobre un gobierno totalitario en vías de extinción en el mundo de hoy; lo de los amorosos pejistas, en cambio, es una grave realidad.

¿Quién se va a deslindar de los pejistas que se han inventado su propia Semana del Odio durante esta campaña presidencial?

*Columna publicada el 24 de junio de 2012.