POR Bibiano Moreno Montes de Oca
Menospreciado por las mafias culturales mexicanas para las que sólo existen los miembros de sus capillitas, Museo Nacional de Horrores es un libro de Nikito Nipongo que documenta fielmente la tragedia que derivó del terremoto de hace 28 años en la capital del país, si bien otras pocas entidades también resultaron afectadas por el fenómeno, como Colima, Jalisco y Michoacán.
Al puro entrón, en el prólogo del propio autor, éste expone lo siguiente en la página 5 de la obra lanzada al mercado en 1986:
“Después del arrasamiento de Tenochtitlán, el centro de la población que sobre sus restos se levantó (ayer Ciudad de México y, desde 1928 –cuando Obregón hizo desaparecer su municipio—, simplemente Distrito Federal) no había sufrido una devastación tan terrible como la provocada por el largo e incisivo temblor que conmovió al corazón de la metrópoli número 1 en el mundo, en cuanto a cantidad de habitantes, el 19 de septiembre de 1985. A ese se añadió otro sismo, menos violento, 36 horas después, que tiró edificios malheridos por el anterior”.
El libro consta de 4 capítulos –que Nikito Nipongo llamó pabellones, subdivididos en salas—además de ocho crónicas de Ana Lilia Arias, pero la mayor parte se centra en los hechos de ese fatídico año del siglo pasado, a lo largo de 238 páginas que se leen fluidamente.
Para contextualizar la trama de Museo Nacional de Horrores, debo señalar que, en 1985, el presidente de México era Miguel de la Madrid; el regente del DF –aún no cambiaba el nombre del cargo a jefe de gobierno—, Ramón Aguirre Velázquez; secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz; procurador general de la República, Sergio García Ramírez; secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Salinas de Gortari, y secretario de Desarrollo Urbano y Ecología, Guillermo Carrillo Arena, el “héroe” del libro.
La responsabilidad de gran parte del desastre causado en el DF recayó en ese personaje de la picaresca nacional, pues sobre él pesaba el antecedente de haber sido responsable, en su calidad de arquitecto, de numerosos edificios y viviendas que se vinieron abajo con las dos sacudidas que casi asfixia a la capital del país y sus habitantes, pero también por estar al frente de la secretaría que se las tendría que ver con los damnificados.
Mucha de la información que viene en el libro ya la había publicado originalmente el autor en el periódico Excélsior –el de Regino Díaz Redondo—, donde tenía su columna Perlas Japonesas, pero otra es producto de investigaciones realizadas directamente para la obra, en virtud de que la censura se hizo presente, algo que no resulta ser ninguna novedad con cierta prensa en México.
Algunas columnas se pudieron publicar, pero otras ya no, por lo que Nikito Nipongo se vio en la necesidad de acudir a otras publicaciones –Novedades, cuyo gerente era su amigo Fernando Canales— para poderse defender de los esbirros a sueldo del entonces poderoso secretario, que por esos tiempos ya hasta se sentía presidenciable.
El pleito, pues, fue entre el titular de la SEDUE y el notable periodista y escritor ya desaparecido, al que se sumó Manú Dornbierer, que también se caracterizó en el mismo Excélsior por hacer notar las trapacerías de quien fue acusado públicamente de multihomicida, el tal Carrillo Arena.
Ante el acoso del secretario, Nikito Nipongo presentó una denuncia ante la PGR, que se publicó en Novedades. En los dos primeros párrafos dice:
“El suscrito, ciudadano mexicano oriundo del Distrito Federal, fue el primero en informar públicamente, como periodista, sobre la enorme fortuna de que se declaró poseedor Guillermo Carrillo Arena (aparte hay que considerar otras riquezas, como su colección de pinturas valuadas en cinco millones de dólares). Asimismo fui el primero en señalarlo como el responsable de que se vinieran abajo, por el temblor del 19 de septiembre, determinados edificios del Hospital Juárez y del Hospital General, atrapando entre sus escombros a miles , gran parte de ellos muertos de inmediato o tras de días de torturas atroces. Por eso lo llamé multihomicida.
“He sido también el primero en dar cuenta de otras fechorías de las que es culpable Carrillo Arena. Podría igualmente ser el primero en afirmar que se trata del zar de la droga y del lenocinio en Acapulco. Y algo más…”
¿Y quién era ese secretario Carrillo Arenas, al que terminó sustituyendo en el cargo otra fichita llamada Manuel Camacho Solís, delfín del pelón Salinas? Un patán, incapaz de hilvanar coherentemente una frase completa, que llegó al cargo por oscuras razones, pero que de igual forma fue desechado más tarde, si bien exonerado por la PGR de cualquier delito que se le imputara.
Ante representantes del Colegio de Arquitectos y de la Sociedad Mexicana de Arquitectos, el titular de la SEDUE soltó lo que sigue el mismo 19 de septiembre de 1985:
“Queremos hablar con toda realidad; sentimos que ésta es una catástrofe dramática para la ciudad y, dentro del dramatismo de la misma, parece ser que los daños, que han costado evidentemente muchos miles de vidas, no presentan las características de un desastre donde hay muchos damnificados. Por desgracia, y perdón por la crudeza con la que estoy hablando, hay muertos ahorita. O sea no es la característica de un sismo, no es la característica de una serie de edificios colapsados en México”.
¿Qué tal con el ex funcionario? Ciertamente, algo ha cambiado de entonces a la fecha: los secretarios de ahora ya declaran menos estupideces en público (aunque las siguen diciendo en privado), además de que disfrutamos de una libertad de expresión que ya no permite que algo sea ocultado deliberadamente, merced a las benditas redes sociales.
Por cierto, si hubo responsables de la tragedia del 85, éstos nunca fueron debidamente castigados. Y lo peor del caso es que, de aún andar por ahí tan campantes, con todo cinismo no faltaría más de uno en argumentar que los delitos ya prescribieron.
Ahí andan todavía, como chinos libres, varios de los actores políticos de entonces, como Salinas, Bartlett Díaz, García Ramírez, Camacho Solís, Aguirre Velázquez, Carrillo Arena…
*Columna publicada el 18 de septiembre de 2013.
