Las fantasías de la juventud*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

Lo que hoy en día es una famosa película incluso oscareable, el cineasta mexicano Guillermo del Toro la tenía esbozada en su mente desde casi la infancia. Muchos años después, con varios filmes previos, El laberinto del fauno pudo llegar a la pantalla grande, donde su autor plasmó en imágenes sus fantasías de juventud, incluso su niñez.

Si el director de origen tapatío no hubiera llegado a convertirse en un respetado autor, especialmente en el extranjero, tal vez El laberinto del fauno no hubiera pasado de ser conocida por algunos cuantos amigos del que concibió una historia que combina la fantasía de su más tierna edad con pasajes de la España de la época caudillista del dictador Francisco Franco.

Como metáfora del mal, la época negra del franquismo está representada en los monstruos a los que tiene que enfrentar la niña protagonista de la historia, salvo el caso del propio fauno: si bien de figura impotente que recuerda al macho cabrío que también representa al diablo (como lo pinta muy bien en la cinta El día de la bestia el director español Alex de la Iglesia), el mítico personaje en realidad se pone del lado de los buenos.

Ubicar la historia en los tiempos del generalísimo Francisco Franco no sé si ya fue una idea posterior a cuando se escribió la historia originalmente en los primeros años de Guillermo del Toro; sin embargo, el haberlo hecho así fue una medida acertada: la inocencia y la fantasía los representa la niña de doce años que es la protagonista, junto con el fauno, pero el mal lo representan los monstruos que tratan de dañarla a ella, principalmente el bestial capitán franquista que es su padrastro.

Vuelvo casi al principio de mi comentario: una historia escrita hace muchos años, cuando Guillermo del Toro ni siquiera se imaginaba que algún día sería un director famoso y reconocido en diversos festivales cinematográficos internacionales, lo único que me hace es preguntarme, no sin algo de desencanto: ¿cuántas historias jamás conoceremos porque sus autores no pudieron alcanzar la trascendencia que logró el tapatío? Tal vez ese sea un dato que jamás conoceremos.

De cualquier forma, me parece muy importante que haya mexicanos que, independientemente de su forma de pensar y de la manera de presentar sus historias, tengan la oportunidad –pero, sobre todo, los recursos— para poder seguir contando muy bien lo que sale de su imaginación. Sí, como Guillermo del Toro con El laberinto del fauno.

*Columna publicada el 22 de febrero de 2007.