POR Jorge Octavio González
El verano peligroso alcanzó a pegarle a la ex no primera dama de México en el sexenio pasado, Beatriz Gutiérrez Müller, a quien han exhibido por solicitar su nacionalidad española y vivir en los próximos meses en uno de los barrios más exclusivos de Madrid, España.
A inicios de este año, medios españoles, en especial el ABC, documentaron que la escritora solicitó su nacionalidad española, situación que en ningún momento desmintió; meses después dieron a conocer que a mediados de octubre se instalaría en La Moraleja y que su hijo Jesús Ernesto estudiaría en la Complutense.
Esta última información, la de que se mudaría a La Moraleja y que su hijo estudiaría en la Complutense, provocó una airada y atrabancada respuesta de Beatriz Gutiérrez.
Escribió en su carta, después de una cascada de descalificaciones hacia el medio español y a los de México, que “me dedico, desde hace décadas, a la docencia e investigación en una universidad pública de mi país, donde continúo trabajando, y desde luego no me he ido a vivir allá ni a ningún otro lado. Tampoco Jesús Ernesto”.
Ninguna aclaración ni desmentido; sólo lugares comunes, ataques a la prensa, a los enemigos imaginarios de López Obrador y a exaltar las políticas públicas del sexenio pasado.
Pero eso no fue todo: el propagandista del régimen y principal promotor de odio, Epigmenio Ibarra, compartió la carta de la ex no primera dama de México y lanzó todo su veneno en contra de algunos comunicadores, a los que les exigió una disculpa por haber mentido sobre los planes de Beatriz Gutiérrez en España.
La respuesta de Gutiérrez Müller, sin embargo, está para los anales de la historia: “pues yo creo que hay que esperar sentados porque así como avientan la piedra, esconden la mano…Una buena: entrará en funciones el nuevo Poder Judicial y está la opción real de denunciarlos y que se haga justicia”.
Así el talante autoritario y dictatorial de la esposa de Andrés Manuel López Obrador. Minutos después borró la publicación porque la reacción de la sociedad y de los medios no fue la que esperaba; por el contrario, hicieron hincapié en que el régimen espera ansioso la llegada de los jueces, ministros y magistrados del acordeón para cobrar venganza.
Aunque se jacta de ser escritora, su narrativa le está ocasionado múltiples problemas porque responde a botepronto y sin un análisis serio de la situación.
Cuando el diario ABC publicó que, en efecto, Beatriz Gutiérrez en ningún momento desmintió que viviría en España, la señora volvió a arremeter con una prosa desafortunada: “¿Saben leer (hay algún padecimiento de comprensión lectora) o les mando un volumen (o sinopsis) de un libro bien escrito de don Torcuato Luca de Tena como Los renglones torcidos de Dios? Presenten documentos, contratos, matrícula, boletos, ¡qué sé yo! PRUEBAS, no murmullos palaciegos”.
Curioso que cite, para descalificar al medio ABC, al autor Torcuato Luca de Tena, el representante de la derecha más extrema.
En fin: Beatriz Gutiérrez Müller tiene todo el derecho de irse a vivir a donde quiera con quien sea —al parecer ya no es con AMLO—; el problema es que, más allá de la incongruencia que representa vivir en un país que tanto se cuestionó desde el sexenio pasado, es con qué dinero viviría en uno de los barrios más exclusivos de España, como lo es La Moraleja, donde la renta de un piso oscila entre los 100 mil y 130 mil pesos mensuales.
Las cuentas no dan porque Beatriz Gutiérrez ha sido toda su vida académica e investigadora y durante el gobierno de López Obrador no tuvo sueldo en el cargo honorífico que ostentó. Y si dicen que el propio AMLO podría haberle ayudado, resulta que desapareció las pensiones para los ex presidentes y sólo vive de las regalías de sus libros, que aun así no le alcanzarían para pagarle la estancia a su esposa en La Moraleja ni la matrícula de Jesús Ernesto en la Complutense.
Ahora que está en el ojo público, sería interesante saber de qué vive Beatriz Gutiérrez y el propio López Obrador.
Porque tener tanto dinero predicando la austeridad, sin tener un trabajo fijo en el pasado, deja a la sociedad que elucubre sobre posibles vínculos inconfesables.
