POR Bibiano Moreno Montes de Oca
Al icono literario Gabriel García Márquez hay quienes le perdonan todo lo que diga y haga, al fin y al cabo debe ser muy poco lo que conozcan de su obra; si acaso, que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1982, hace ya 31 años, porque en México le dio amplia difusión Jacobo Zabludovsky, entonces el santón de los conductores de la TV al servicio del régimen.
Como a toda vaca sagrada que se precie de serlo, los que saben un poco más del escritor colombiano también le perdonan que los haya mantenido engañados durante tanto tiempo, pues en sus memorias, a las que tituló Vivir para contarla, confiesa algo que sólo alguien en el último tramo de su vida se atreve a confiar en público: que no es el responsable de la redacción de sus libros, dado que siempre tuvo que echar mano de correctores de estilo.
Bien mirada su obra literaria, de pronto uno pesca errores de redacción que no se puede creer sean atribuibles a todo un Premio Nobel de Literatura, sino a cosas de la editorial al momento de la impresión o vaya usted a saber qué. No obstante, uno que sí lee de pronto veía con suspicacia que había algo que no encajaba del todo. Al final, el propio Gabo vino a desvelar el misterio: no es tan bueno para escribir, si bien nadie pone en duda su vasta imaginación.
El buen Gabo, en su calidad de escritor, hace suyo aquello de que lo importante es la forma, no al fondo, cuando el viejo Jesús Reyes Heroles (el hijo, del mismo nombre, es un pobre diablo que lo único que tiene es dinero) hacía notar lo contrario: la forma es fondo. Como sea, para muchos el responsable de dar vida a El otoño del patriarca debió haber bajado varios peldaños en la escala de su afecto y estimación, por embustero.
Sin embargo, ya que de amigos se trata, hay uno que no correspondió a ese valor inapreciable que es la amistad, al preferir la morbosidad por encima de la discreción. En efecto, en su libro más reciente, La terca memoria, el santón Julio Scherer describe de manera descarnada el padecimiento que el creador de El coronel no tiene quien le escriba sufre desde hace cierto tiempo por efectos de la edad: el Alzheimer.
En el libro del fundador de Proceso, García Márquez aparece como un tipo que ya no es capaz de retener el nombre de su “amigo” Julio Scherer, mucho menos de escribirlo para una dedicatoria. De haber una verdadera amistad, eso es algo que bien pudo haber quedado en el terreno de la discreción, pues poner al escritor como alguien con muchas limitaciones no es de amigos. En última instancia, eso lo pudo haber escrito otro que no presumiera de tal camaradería.
La señal considerada obscena y que acaba de hacer García Márquez en su más reciente aparición pública, en la capital mexicana, es la misma que hizo hace muchos años, lo que pone en evidencia el testimonio de Julio Scherer, que lo retrata incapaz de retener lo más elemental en la memoria. El Alzheimer es una enfermedad incurable e irreversible, pero el Gabo, con su saludo, no dio muestras de estar tan mal: no, al menos, a como lo pinta su “amigo” Scherer.
Por cierto, decir que García Márquez utilizó la britneyseñal es ponerlo a un nivel inferior que el de la cantante pop gringa. En todo caso, como lo hicieron en el diario Excélsior, más correcto es decir que el autor de El general en su laberinto utilizó la gaboseñal.
*Columna publicada el 30 de septiembre de 2013.
