POR Bibiano Moreno Montes de Oca
La obra más significativa del escritor checo Franz Kafka es La metamorfosis, que si bien rebasa los límites del cuento largo, se queda apenas en una novela corta. Y sí, en efecto, es muy corta la historia, pero suficiente para darnos cuenta que estamos ante el autor del absurdo por antonomasia, lo que le valió que fuera acuñado, para la posteridad, el término denominado kafkiano, el adjetivo que se refiere a todo lo que se relaciona con el absurdo.
La novelita La metamorfosis es lo más más emblemático de lo kafkiano por su temática increíble y, por tanto, absurda: una en la que un joven dedicado a la actividad de agente viajero, llamado Gregorio Samsa, un día amanece convertido “en un monstruoso insecto”, después de haber tenido un sueño intranquilo. Era temprano aún, lo que le daba tiempo para alcanzar a llegar a la estación y tomar el tren que lo llevaría a la población donde iría a ofrecer sus muestras. Pero ya no nunca iría.
Lo absurdo de todo es que el hombre amanece transformado –es decir, sufre una terrible metamorfosis— en un insecto, al que algunos le atribuyen la forma de un escarabajo, como si algo así pudiera llegar a ocurrir en la realidad. No es que el agente viajero hubiera tenido una mala noche y amaneciera con un terrible dolor de cabeza o presa de una terrible infección que le disminuyera las defensas y lo dejaran debilitado, lo que lo dejaría postrado en cama por una semana. No: el tipo se transforma nada menos que en un gran insecto.
Aunque nunca queda claro el tamaño que pudo haber adquirido Gregorio Samsa al sufrir la metamorfosis de humano a insecto, no hay duda que quedaría de un regular tamaño, suficiente para ser observado de inmediato en su nueva figura. Digo: hay insectos que no se alcanzan a mirar a simple vista, sino hasta que les acerca uno más los ojos para poder apreciarlos; sin embargo, por el tamaño de un hombre normal, la transformación no debió haber sido tan distinta con respecto a su peso y su volumen. Con todo, algo así en la realidad no dejaría de ser algo sumamente extraordinario.
En la obra de Kafka, empero, el asunto es como algo cotidiano. La familia de Gregorio Samsa, que al principio se preocupa por la tardanza para que él se vaya a tomar su tren a la estación de una ciudad que no puede ser otra que Praga, toma la metamorfosis del que es el que lleva el sostén casi como una ofensa, como un castigo y como una maldición. En ningún momento hay una reacción que corresponda a un evento de esa naturaleza, como de suyo lo es la irracional transformación de hombre a insecto.
Al principio, tras asimilar medianamente la nueva situación en la que se encuentra el que era el principal sostén de la familia (conformada por un padre que ya no trabaja, una madre amorosa y apocada, así como una hermana, Grete, que adoraba a su hermano), Gregorio Samsa es tolerado como esos parientes indeseables que uno espera se vayan de la casa lo más pronto posible, pues su visita inesperada, lejos de ser una bendición, representan una terrible carga económica.
La situación económica, por cierto, es la que obliga a la familia a rentar una habitación de la casa a tres sujetos peculiares (todos ellos de barba; intuyo que judíos ortodoxos), como una forma de aminorar los gastos que tienen que afrontar al ya no contar con el principal sostén familiar, que ahora se la pasa todo el tiempo encerrado en su recámara, recorriéndola de arriba a abajo –de manera literal—, al poder tener la facilidad para hacerlo en su nueva condición.
Precisamente, en una situación en la que la actitud de los tres huéspedes indigna a Samsa, que permanecía discretamente escondido en su cuarto, hace que sea descubierto. La reacción del que lleva la voz cantante de los tres, lejos de ser la de alguien impresionado por la inusual visión, es la de hacerse el ofendido y tomarlo de pretexto para no pagar la renta.
Los familiares podrían trasladarse a una vivienda más pequeña que les representara menos gasto en la renta, pero el mismo Samsa era consciente de que la mudanza no sería posible: no porque no se pudiera hacer, sino como lo explica el autor de La metamorfosis: porque “ello les hubiera obligado a asumir plenamente el hecho de que habían sido alcanzados por una desgracia inaudita, sin precedente en el círculo de sus parientes y conocidos”.
Con todo y que se le tiene repugnancia por su nueva apariencia, la familia primero se preocupaba por darle a Samsa los alimentos que le gustaban en su forma de humano. Sin embargo, cuando consideran que la metamorfosis también transformó sus gustos culinarios, le dan sobras de comidas, algo pasadas ya, que a una persona común le resultarían asquerosas, pero que curiosamente representan un buen platillo para el insecto.
Pero eso es al principio: conforme pasan los días, el pobre Gregorio Samsa es abandonado a su suerte, pues también él mismo, con cierta consciencia de lo que le ha pasado, comienza a comer muy poco, por lo que también cambia un poco en su apariencia invertebrada. De hecho, al principio podía hablar, aunque con cierta dificultad y con un sonido diferente, hasta que desaparece en él la facultad de comunicación con la voz. Es más: sólo cuando aún no lo veía su familia transformado podía expresarse; después, simplemente, ya no lo hizo.
El escarabajo, no obstante, nunca dejó de tener una inteligencia que le permitiera actuar como lo haría un ser humano, pero con la fatalidad de que no lo entendía así su familia. Un día, en un arranque de furia, su padre le lanza varias manzanas en señal de hostilidad, una de las cuales se queda alojada entre sus carnes hasta casi volverse parte de su nuevo cuerpo. En otra ocasión es la hermana la que es presa de un ataque de llanto que la hace decir que ya no puede más.
En medio del drama, sólo su madre es la única que lo sigue considerando su hijo, aunque su carácter débil y enfermizo le impide ir más allá de los lamentos. Conmueve el pasaje en el que, acongojada de saber que su hijo está en su recámara convertido en un insecto, tratando de permanecer oculto para no molestar a nadie, ella le pide a su hija que cierre la puerta, que hasta entonces permanecía abierta.
Es curioso cómo una madre es la única capaz de seguir amando a su hijo, e incluso suplicar a su esposo que no lo mate (cuando la emprende contra él con las manzanas), a pesar de que todos dan por sentado que ese monstruo no puede ser Gregorio Samsa, otrora el sostén de la familia.
Así, como ocurre en la obra del autor checo (el final de La metamorfosis me recuerda el final de su cuento El artista del hambre), la muerte de Gregorio Samsa viene a mitigar las penurias de la familia, que ya había vuelto a estar activa, e incluso hasta contenta de salir a pasear por primera vez desde la tragedia ocurrida: el papá, con un nuevo trabajo; la madre, tejiendo figuras en su casa para venderlas; la hija, desempeñándose como empleada en una tienda.
La novelita La metamorfosis es Kafka en estado puro.
*Columna publicada el 14 de noviembre de 2018.
