POR Bibiano Moreno Montes de Oca
Aunque debe haber algunas otras historias más recientes que giran alrededor de la trascendente función del Senado de Estados Unidos, la novela El Senador, de Drew Pearson, nos muestra las entrañas de ese Poder que, por lo que se refiere a EU, puede llegar a estar hasta por encima del propio presidente, una de las figuras más poderosas e influyentes del mundo entero; en especial, si consideramos que se publicó a principios de la década de los 70 del siglo pasado, mismo año en el que se desarrolla la interesante trama.
La novela El Senador es clásica en Estados Unidos, pues su autor (nacido en el siglo XIX, pero de gran influencia a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX) fue un polémico periodista en su país por sus columnas que publicó en diversos periódicos. Así, al haber sido testigo presencial de escándalos de corrupción en el centro del poder político estadounidense, era lógico que la historia resultaría minuciosa en detalles de la actividad que se desarrolla en el Senado de EU, en el que se centra la trama.
Hay una curiosidad con la novela: fue escrita en primera persona por el que viene a ser el coprotagonista de la historia, una especie de asistente del personaje central, el senador Benjamín Hannaford. De hecho, son tres los protagonistas de esta novela: el senador Hannaford, sobre el que gira todo; su joven asistente (Edward Deever), que a la vez es el que narra los hechos que se van desarrollando, así como el periodista Lou Parenti, alter ego del propio autor, Drew Pearson, que de alguna manera se retrata sí mismo como personaje de ficción.
La novela es ficticia, por supuesto, pero parte de ciertos hechos reales que le dan veracidad a la trama. Así, pues, al estar hablando sobre un Senado de fines de la década de los 60 del siglo pasado, también estamos hablando de un Poder que se erigía como superior a todo el gobierno norteamericano, donde sus integrantes son la conciencia del país y del mundo entero, a pesar de ser los tiempos en los que aún existía la guerra fría y el globo terráqueo estaba repartido entre las dos súper potencias de ese tiempo: EU y la URSS.
Aunque cada estado de EU tiene a su senador que lo representa en Washington, se podía decir que Ben Hannaford era el eje sobre el que giraba todo lo que se relacionara con el Senado y la Casa Blanca. El senador Hannaford, integrante de varias comisiones y con incondicionales en la capital política del país (la capital económica, como se sabe, está en Wall Street, en la ciudad de Nueva York), se da el lujo de hacer que el presidente del país vaya a inaugurar una carretera muy corta que conduce directamente a la cochera de su rancho en Ramada City, la población de la que es originario.
No es para menos: propietario de una fortuna de unos 300 millones de dólares (que, para su tiempo, era mucho más de los 300 millones de dólares de hoy), el senador aumentaba constantemente su fortuna con los negocios que impulsaba desde su posición, sin que en ese momento hubiera conflicto de interés entre aprovecharse de su cargo público para influir en determinadas obras en las que existía un evidente beneficio personal, si bien es cierto que otros más resultaban también favorecidos por esas maniobras.
Pero aunque no llamaba mucho la atención que existiera conflicto de interés al momento de favorecer tal o cual ley promulgada desde el Senado de EU, eso es algo que sí comenzó a hacer notar el columnista Lou Parenti en su columna que escribía para un diario medianón de Washington. Ignorado al principio, aunque siempre leído con el rabillo del ojo por todo el mundillo político de la capital del país, al final de cuentas serían los demoledores ataques del periodista los que cambiaron el curso de la historia de la novela El Senador.
Todo comienza cuando al senador le envían 250 mil dólares (que es mucho más de los cerca de 5 millones de pesos mexicanos que serían al tipo de cambio actual) unos sujetos a los que les interesa una ley que no tiene ningún futuro de ser aprobada (en el argot de los legisladores, la dicha iniciativa de ley estaba bien muerta), cantidad que es recibida a sabiendas de que no va a ser aprobada y que, por tanto, resultará un gasto inútil repartirlo entre varios senadores maiceados (término, este último, aportación de México al argot legislativo) para que voten a favor.
Al senador Hannaford le tiene sin cuidado si la ley no va a pasar ni va a beneficiar a los cabilderos que le enviaron el dinero. Así, sin ninguna preocupación, el tipo instruye a su asistente para que guarde el dinero en alguna caja fuerte de un banco para poder disponer de ese dinero en efectivo en cuanto se ofrezca maicear de nuevo a algunos colegas en iniciativas de ley futuras. Claro, no sin antes regalarle a su asistente la cantidad de 20 mil dólares por las molestias causadas, además de dejarse para sí otros 50 mil para algunos gastos.
Vamos por partes. Es normal que cabilderos empleen grandes sumas de dinero para que los senadores aprueben tal o cual ley que les interesa a sus intereses, pero el descaro con el que maneja el dinero el senador Hannaford resulta ser el detonante que en la última cuarta parte de la historia cambie el curso de los acontecimientos, mismos en los que se ven involucrados todos los que tuvieron que ver con esos 250 mil dólares que se entregaron al senador para que pasara una ley que ya estaba muerta.
La novela El Senador tiene la virtud de mostrarnos el lado más oscuro de ese Poder de EU (que no debe haber cambiado mucho en la actualidad, a pesar de ya haber transcurrido casi medio siglo), lo que nos lleva a ser testigos de los golpes bajos entre senadores y funcionarios de la administración federal, las encerronas con alguna dama de buen ver, las complicidades, las traiciones, las deslealtades; en fin, las corruptelas que se toleran, siempre y cuando no salga de entre las cuatro paredes de la que se conoce como la Hill (la colina).
Así, por ejemplo, llama la atención el comportamiento de ciertos senadores gringos, la mayoría de ellos amigos e incondicionales de Ben Hannaford, como el borrachín cuya actitud raya en la demencia; el del vividor que se la pasa viajando a costillas del ejército norteamericano, por ser presidente de la comisión que tiene que ver con las fuerzas militares; el de varios con su aire intelectual, por ser egresados de universidades y su trayectoria académica; el que es un racista, un homofóbico y un fascista, pero se cree muy patriota, etcétera.
El mismo senador Hannaford tiene su propio lema: sacar provecho de los negocios que se impulsan desde el gobierno, sin importar si los favorecidos son países comunistas (lo que, por otro lado, le vale que lo acusen de ser un traidor a su país –no olvidar que son los tiempos en los estaba bien firme la guerra fría y los derechos civiles de los negros apenas comenzaban a querer rendir frutos—), siempre citando una frase bíblica para darle sustento a sus dichos.
Muy pronto todo eso acabaría con el giro que toman las cosas en esta novela que es muy sentida por ser de un autor que conoció a la perfección al Senado y a sus miembros, un club de hombres muy poderosos que siempre se salen con la suya. Bueno, casi. Así, pues, a leer El Senador a la voz de ya.
*Columna publicada el 26 de agosto de 2019.
