POR Jorge Octavio González
La conducción que hicieron de la sesión del Congreso General Ricardo Monreal Ávila y Sergio Gutiérrez Luna les valió una severa crítica del senador José Gerardo Fernández Noroña por permitirle hablar en tribuna a Alejandro Moren Cárdenas y llegar a “acuerdos extraños” con la oposición.
Como no lo interrumpieron ni le apagaron el micrófono ni le gritaron a Alito Moreno mientras hacía uso de la tribuna, mientras cuestionaba duramente las alianzas de MORENA con el crimen organizado, al ex presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República eso no le preció.
Él hubiera hecho otra cosa, como lo demostró durante el año que estuvo al frente de la Cámara Alta, esto es, habría anulado la participación del priísta, diría que el asunto no era de relevancia, le pediría que hablara del tema y que no metiera la agenda política por la puerta de atrás y, finalmente, clausuraría la sesión para que no hubiera más voces críticas.
La conducción de Sergio Gutiérrez Luna, independientemente de que sus problemas sean otros, fue imparcial y a la altura de un presidente de la Cámara de Diputados; eso es lo que no puede entender Gerardo Fernández Noroña, para quien las participaciones en el Senado y en el Congreso de la Unión deben ser sobre la agenda política de MORENA y del gobierno federal y nunca, por ningún motivo, ceder ante la oposición.
Después de días de negociaciones, en donde no se ponían de acuerdo, finalmente salió electa como presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados la panista Kenia López Rabadán, muy dura en sus posicionamientos contra el gobierno de la República, pero institucional e imparcial cuando se trata de representar a los 500 diputados federales.
Y eso es lo que nunca se vio en el Senado de la República: su presidente, Gerardo Fernández Noroña, actuó como un troglodita e insultó, censuró y eliminó de la lista de debates a panistas y priístas por igual, sólo porque no le parecían los temas que iban a tratar; amén de eso se dedicó a manejar de manera irregular el presupuesto de la Mesa Directiva del Senado y después salió como dueño de una casa en Tepoztlán de 12 millones de pesos, así como las donaciones por alrededor de medio millón de pesos al mes por YouTube que recibió de personas anónimas.
A Noroña lo relevó la senadora Laura Itzel Castillo Juárez, hija de Heberto Castillo, quien desde el primer minuto de estar al frente de la presidencia del Senado de la República se dedicó a conducir de manera imparcial las sesiones, respetando a los oradores mientras hacían uso de la voz y sin la estridencia ni la violencia que se ejercía hasta hace unos días.
Si en la Cámara de Diputados se pueden llegar a acuerdos con la oposición y pueden salir las reformas de interés para los mexicanos, esto sin la necesidad del golpeteo ni el chantaje ni las amenazas, también se puede en el Senado de la República; el problema siempre fue Gerardo Fernández Noroña, que utilizó su poder para nulificar a la oposición y enriquecerse con los dineros de la Mesa Directiva, como lo sugirió el panista Federico Döring cuando cuestionó la riqueza inexplicable del senador en sólo un año.
Gerardo Fernández Noroña quedó tan desestabilizado emocionalmente que, ciertamente, no le importó manchar el Primer Informe de Claudia Sheinbaum Pardo y disparó como el sicario que es en contra de figuras públicas, incluidos de su mismo partido, mientras la mandataria se lucía en el Día de la Presidenta.
A eso se agregó la crítica que le hizo a Ricardo Monreal Ávila y a Sergio Gutiérrez Luna por llegar a acuerdos con la oposición y permitirle hablar al senador Alejandro Moreno Cárdenas en tribuna y dar un discurso durísimo en contra del régimen actual y sus presuntos vínculos con el crimen organizado, como la protección a Manuel Bartlett Díaz —señalado por participar en el crimen del agente de la DEA Kiki Camarena— y su devoción por Nicolás Maduro —acusado por Estados Unidos de ser el líder de un cártel de la droga y pesar sobre su cabeza una recompensa de 50 mil dólares por su captura—.
A los radicales como Fernández Noroña no debe extrañarles que el oficialismo, en aras de la gobernabilidad y la conducción de las sesiones, llegue a acuerdos con la oposición y los dejen hablar en tribuna para que expresen lo que a ellos convenga.
Parecen tiempos de cambio en la conducción de las dos Cámaras, lo que abonará a un ambiente de civilidad que tanto hace falta ante la polarización del sexenio pasado.
