POR Bibiano Moreno Montes de Oca
Bien lo decía desde el principio en esta columna de culto: el misterioso comportamiento del milloneta Christian Grey se desvela por completo en la tercera y última parte de la trilogía de E. L. James, que infructuosamente trató de seguirle los pasos al Marqués de Sade. Lo de la primera, Cincuenta sombras de Grey, fue un gigantesco cliché; la segunda, Cincuenta sombras más oscuras, trata medio de justificar la historia; la tercera, Cincuenta sombras liberadas, al menos desvela todo y tiene la virtud de ser la más emocionante de la serie.
Lo de emocionante no significa que fue la más caliente de todas, sino debido a que hubo más elementos que hacen que corra con más intensidad la adrenalina. En cuanto a lo erótico, no hay duda de que los lectores asistimos a primera fila a la luna de miel de la pareja formada por Christian Grey y Anastasia Steele, en pleno Mediterráneo, donde la pareja mantiene fenomenales cojidas, lo que debe haber sido agradecido mucho por los calenturientos lectores adolescentes que le hayan hincado el diente.
De hecho, hay demasiado sexo en esta última novela de la trilogía, pero lo más importante resulta ser la trama que se encamina tímidamente por el sendero del thriller, aunque de una manera demasiado convencional. Así, por principio de cuentas, el personaje de Jack Hyde, que en la segunda novela pintaba para ser más protagónico en la tercera, se convierte en efecto en el centro de todos los males, habidos y por haber, de la familia entera del millonario Christian Grey, que en ningún momento abandona su ojetez obsesiva por controlarlo todo.
No por nada, al ser el personaje que se convierte en némesis del milloneta excéntrico, Jack Hyde resulta tener un oscuro pasado: formó parte de la misma familia a la que perteneció, en su infancia, Christian Grey, antes de que este último pasara a integrarse a su definitiva familia con la que creció en un mejor ambiente gracias a sus padrea adoptivos: Grace y Carrick, además de sus hermanas Mia y Elliot. El haber sido adoptado antes era desconocido para el propio protagonista, que por algún tiempo convivió con su futuro enemigo con la misma familia en otra ciudad.
Son varios los pasajes intensos en esta tercera y última parte de la trilogía de Cincuenta sombras, aunque es de justicia señalar la que le da proporciones heroicas a la protagonista femenina, que acude a un banco a retirar 5 millones de dólares para pagar el rescate de la cuñada secuestrada (la tal Mia, hermana de Christian) por parte del tal Jack, quien tiene de cómplice a una guardia de seguridad de la editorial en la que trabaja la propia Ana.
Nadie sabe que la tal Mia está secuestrada, por lo que es malinterpretada la maniobra de Ana al ir a sacar esa fortuna: el imbécil del Christian Grey cree que es lo que se piensa llevar ella de ganancia por un supuesto divorcio, tras uno de sus tantos pleitos de pareja; en este caso, por el enfermizo control al que pretende someter en todo momento a la que es su esposa, a quien lo menos que le interesa es el dinero.
Ciertamente, Ana nunca amó al sujeto por su dinero, sino por ser “muy guapo”, aun cuando el tipo era un sicópata, si bien se va reformando con su relación con la esposa, la que le sirve mucho más que todas las terapias a las que lo ha sometido durante años su muy bien pagado siquiatra Flynn. Al final, tras una secuencia de corte policiaco, donde ella recibe una paliza antes de meterle unos balazos a su acosador y secuestrador de Mia, las cosas terminan por convertirse en idílicas para la pareja millonaria y todos los que los rodean.
Cabe aclarar que el esposo es muy espléndido con su esposa: de regalo de bodas le entrega la editorial en la que ella había entrado a trabajar (previo a eso, el tipo había maniobrado para asegurarse de que ella obtuviera el empleo cuando lo solicitó) y le da manga ancha para las compras con la tarjeta bancaria, el sueño de toda mujer que aspire a atrapar a un sujeto inmensamente rico. Ah, claro, sin contar con un carrazo del año que le regala también su marido a ella, que siente que no merece todo lo que le está pasando de bueno.
En fin, recapitulemos: Christian Grey actuaba como un sicópata contra las mujeres que le recordaban a su madre, “la puta adicta al crack”, por haber permitido que su padrastro lo golpeara y hasta torturara con cigarrillos encendidos en su triste infancia, en la que ni siquiera en Navidad aspiraba a recibir regalo alguno, pues consideraba haberse portado mal siempre.
Las mujeres que contrató para convertirlas en sumisas, entre las que la última fue Ana Steele, no tuvieron consecuencias físicas o mentales, salvo la tal Leila, que tuvo que ser sometida a terapia pagada por el causante de sus trastornos. Una vez compuesta, acudió a una cita con Ana para saludarla, acompañada de otra que también había sido sumisa. Esta última sólo tenía curiosidad por conocer a la que tuvo la suerte de atrapar al millonario y cotizado soltero de mierda.
Tras la lectura de la trilogía completa, uno termina por darle cierta razón a la protagonista, aunque sin dejar de poner en claro que comenzó como una mediocre e insulsa mujer que permitía que un gañán la tratara como le daba la gana, para ira de las feministas que pegan el grito a la menor provocación, fingiendo que no se trataba de un autor varón, sino de una perteneciente al mal llamado sexo débil.
Lo cierto es que el personaje masculino principal también es de carácter excepcional: lo que en la adultez pudo haber dado como resultado a un asesino en serie (en sí mismo era todo un cliché para haberlo sido: una madre prostituta y drogadicta, una cruel infancia con golpes y torturas, la ausencia total de cariño), al final sólo quedó en un rico excéntrico en su relación con las mujeres; por ejemplo, por su fobia a ser tocado por cualquier otra persona.
Algo que llamó mi atención es la parte final de la novela Cincuenta sombras liberadas, pues la autora vuelve a recrear el pasaje en el que Christian Grey conoce a la que será su futura sumida y posterior esposa, pero desde la perspectiva de él. Como se recuerda, en Cincuenta sombras de Grey (bueno, más bien en la trilogía entera) la protagonista es la que hace la narración de la historia, algo que en muchas ocasiones se vuelve chocante, por los giros gramaticales y muletillas que suele emplear mientras ella piensa, pero que no transmite a su interlocutor.
En el fondo, con el éxito mediático que tuvo la trilogía, pero sobre todo la primera parte de la saga, es posible que a la autora E.L. James le haya entrado la nostalgia y nos volviera a recetar una secuencia ya conocida, aunque con la visión de él, que de pronto resulta ser más interesante, pues se ajusta muy bien a lo que realmente un hombre analiza fríamente antes de lanzarse a la conquista de una mujer que parece que vale la pena.
*Columna publicada el 29 de diciembre de 2016.
