POR Bibiano Moreno Montes de Oca

Un buen amigo se ha ido. A Salvador Zamora González, profesor por vocación y periodista por convicción, lo vi por última vez hace unos meses. Lo visité en su casa, donde se encontraba frente al televisor de la sala. Me sorprendió eso, porque sabía que casi se había quedado ciego, debido a su desatención para operarse de los ojos a tiempo.
Considerando la situación, no se veía tan desmejorado, aunque sí había perdido sus buenos kilos. Cuando le dije que era yo el que tocaba a su puerta, le dio mucho gusto. Hacía tiempo que no lo visitaba, a pesar de que en innumerables ocasiones me hacía el propósito de ir a saludarlo y preguntar por su salud. Por diferentes razones pospuse la visita. Hasta que por fin fui.
Hablamos largamente, recordando viejos tiempos. En el transcurso de la plática, le dije que no permaneciera inactivo en el terreno periodístico. Le sugerí que, con la ayuda de alguien de la casa, escribiera artículos para algún periódico. De esa forma, Sazago seguiría vigente.
—Mandé un artículo al Ecos de la Costa, pero no lo publicaron –dijo.
—¿Por qué no lo publicaron?
—Porque no lo autorizó Humberto Silva.
—Pues qué culeros son en el Ecos. ¡Ni que no te conocieran!
—Voy a buscar a Humberto Silva. Fuimos compañeros de lucha hace muchos años. No creo que se niegue a publicarme algo.
Resultaba conmovedor el buen concepto en que Sazago tenía a Humberto Silva, quien no suele corresponder a las muestras de aprecio de otros. De hecho, a El león modorro le tuvo sin cuidado la intención del periodista por escribir en su periódico en el último tramo de su vida. Con justa razón decía un incondicional suyo, dirigente sindical burócrata por más señas:
—Nosotros somos los amigos y él es Humberto Silva.
Le propuse que escribiera algo y que se lo enviara al portal de Javier El Tablitas González Sánchez, donde también yo publico mi columna de culto. Le pareció bien, pero primero dijo que iba a platicar con su sobrino (hijo de su hermano Jaime Zamora), que también siguió el oficio de reportero. Así quedaron las cosas. Quise volverlo a ver para saber cómo iban las cosas, pero nuevamente, por diferentes razones, no pude ir a buscarlo.
Este martes, por la mañana, supe que ya no volvería a ni a saludarlo nunca más. Corrió como reguero de pólvora la noticia de su muerte. Me vinieron a la memoria los tiempos en los que ambos reporteábamos para nuestros respectivos periódicos. Apenas iniciaba mi carrera en El Comentario, mientras que él ya era toda una institución en el medio periodístico.
Pese a su carácter difícil, hicimos un buen equipo: yo sugería al funcionario para entrevistar y él hacía las mejores preguntas que, obvio, eran las que daban la nota, muchas veces la principal.
Aprendí mucho de Sazago, el cual, por lo irascible que era, se ganó algunas enemistades que, por solidaridad, también compré. Así, una vez, en pleno Palacio de Gobierno, llegó un tipo muy furioso y con evidentes síntomas de estar drogado. Le comenzó a hacer reclamos. Fue subiendo de tono y, de pronto, comenzó a golpear a puñetazos y a patadas al inerme Sazago, que nada hizo por defenderse del artero ataque.
Admito que me dejó sorprendido la agresión del tipo, cuyo nombre queda para la historia: Luis Fernando Méndez Ortega, hermano de un periodista mediocre. Recordé que a la entrada de Palacio hay una caseta de policías (el ataque del drogadicto ocurrió en el patio central, que estaba casi solo), por lo que llamé a los uniformados, quienes de inmediato lo sometieron. Al dirigirse a la salida, ya llegaba una patrulla para llevarse al agresivo tipo.
Como se trataba de una clara agresión física de un sujeto a otro, en la redacción de mi periódico conté a los directivos lo que había ocurrido. Me dijeron que hiciera una nota objetiva sobre el incidente. Al otro día, cuando salió publicada en El Comentario, a Sazago le dio mucho gusto. Se mostró agradecidísimo conmigo, cuando eso era lo menos que podía hacer por él.
Pero la historia de Sazago está irremediablemente ligada al que lo explotó durante décadas: Carlos Valdez Ramírez, director de El Noticiero. La vida de uno no se entendería sin la del otro. O sea: explotador y explotado. Al individuo al que le surgió un periódico moderno como por arte de magia, nunca le importó llevar una buena relación con el que era el alma de su periódico.
Por supuesto, el odio era mutuo. El buen Sazago se refería Carlos Valdez como El loco, que tal vez lo era, pero que no fue impedimento para exprimir a un hombre hasta dejarlo sin una gota de aliento. Carlos Valdez es un vil explotador. Todo el que cae a la empresa familiar que se llama El Noticiero sabe que llega para que el miserable director lo explote al máximo.
Eso fue lo que hizo Carlos Valdez: explotar inhumanamente a Sazago, quien redactaba numerosas notas, hacía pies de foto, cabeceaba y ya sólo le faltó salir a vocear el periódico de su mezquino cuñado. ¿Y cuando ya no le fue útil? Fácil: Carlos Valdez lo echó a la calle sin más, negándole cualquier tipo de ayuda económica a quien le sirvió por más de 30 años.
Lo peor de todo fue que Carlos Valdez tuvo el cinismo de asistir al funeral del que explotó durante décadas. Los que fueron testigos de la escena (yo me presenté más tarde) no daban crédito a lo que veían sus ojos: el tipo fingió estar muy consternado por la muerte del periodista y casi estuvo a punto de soltar el llanto. ¡Vaya cinismo!
Por simple decoro, Carlos Valdez no debió asistir al funeral de su subalterno eternamente explotado; mucho menos, la de montar esa farsa grotesca de su “pena”. Sin embargo, hasta el final, el director de El Noticiero fue a darle la última molestia a Sazago: ir a ofenderlo con su hipócrita actitud.
*Columna publicada el 11 de julio de 2013.
