POR Bibiano Moreno Montes de Oca
El personaje ficticio Robert Langdon, que adquirió fama mundial en El Código Da Vinci, tuvo su primera aparición en la novela Ángeles y demonios. Y si bien su autor, Dan Brown, encontró en la iglesia católica a una de las instituciones que más han manifestado su malestar por las revelaciones que hace en la segunda de las obras mencionadas, más razones hay para acrecentar su encono por la trama que hay en la primera: el envenenamiento del papa y posterior asesinato de los cuatro cardenales con más posibilidades de sucederlo.
Más que el hecho de manejar personajes relacionados con el Vaticano (de hecho, la mayor parte de la historia transcurre dentro de los muros de la llamada Ciudad de Dios), la sede de millones de católicos en el mundo, tal vez más moleste a sus autoridades la tesis que se sostiene en Ángeles y demonios, casi tan contundente como la del Código Da Vinci, que habla de la posible descendencia de Jesús y María Magdalena: la existencia de una organización secreta que mantiene una rivalidad contra la iglesia católica desde tiempos de Galileo, es decir, la de los Iluminati.
Mucho resentimiento debe haber de la iglesia católica, particularmente del Vaticano, en contra de Dan Brown por El Código Da Vinci, pero no menos coraje debió despertar la obra Ángeles y demonios (lanzada al mercado en 1999, en tanto que la otra es del 2003), donde a esa milenaria institución se le exhibe como oscurantista y enemiga de la verdad; sobre todo, opuesta a la ciencia, misma que en el pasado representó Galileo. De ahí en adelante, los Iluminati trataron de mantener viva hasta nuestros días la rivalidad entre ciencia y religión.
No es fortuito que la historia comience con el asesinato de un científico del centro que es la meca de la ciencia del mundo (el CERN, que existe en verdad y tiene su sede en la ciudad de Ginebra, Suiza), cuya muerte se atribuye a los Iluminati, una organización supuestamente desaparecida en la década de los 50 del siglo pasado. El brazo ejecutor es un hassassin, palabra de origen árabe cuyo significado es muy acorde a su actividad: asesino.
Uno de los símbolos ocultistas de los Iluminati es la pirámide, la cual representa una convergencia hacia lo alto, es decir, la fuente de iluminación suprema. Los billetes de un dólar contienen un ojo dentro de un triángulo que tiene el nombre de trinaría. Este símbolo se considera masónico, pero en realidad pertenece a los Iluminati, que lo llaman “delta resplandeciente”.
El ojo representa la capacidad de los Iluminati de verlo todo. La inscripción en latín dice: Nouvus Ordo Seclorum, que significa Nuevo Orden Seglar, que se parece mucho al Nuevo Orden Mundial, frase que incluso llegó a utilizar el ex presidente George W. Bush.
Las referencias anticientíficas a la iglesia católica están presentes a lo largo de toda la novela. Así, un personaje señala que desde el principio de los tiempos, “la espiritualidad y la religión se han utilizado para llenar los huecos que la ciencia no comprendía. La salida y la puesta del sol se atribuyeron en otros tiempos a Helios y un carro de fuego. Los terremotos y los maremotos eran la ira de Poseidón. La ciencia ha demostrado ahora que esos dioses eran ídolos falsos. Pronto demostraremos que todos los dioses son falsos ídolos…”
A continuación, viene algo que es muy interesante. Uno de los personajes se refiere a la Biblia, en la cual se sostiene que dios creó el universo, cuando dice: “Hágase la luz”. Así, todo lo que vemos surge de la nada. “Por desgracia”, señala el personaje de Ángeles y demonios, “una de las leyes fundamentales de la física dice que la materia no puede crearse de la nada”.
Con ese razonamiento, el autor concluye que la idea de que dios había creado algo de la nada era totalmente contraria a las leyes aceptadas por la física moderna y, por tanto, los científicos concluían que el Génesis era absurdo desde un punto de vista científico.
A este respecto, Dan Brown trae a colación la denominada teoría del Big Bang, propuesta por un monje católico en 1927, pero reforzada dos años después por el astrónomo Harvard Hubbie, que va en el sentido de que un solo punto de energía muy concentrada estalló hacia afuera para formar el universo.
Aquí fue cuando la iglesia católica cantó victoria: con eso quedaba demostrado que el Big Bang era científicamente comprobable; más aún, esa teoría constituía la prueba de que la Biblia era correcta desde un punto de vista científico.
Como quiera que sea, no deja de llamar la atención la rivalidad entre los Iluminati y la iglesia católica, siempre contraria a los avances científicos, pero aprovechándose de los mismos. Según Dan Brown, los Iluminati estaban organizando un Nuevo Orden Mundial y desde hacía mucho tiempo habían dejado claves y códigos sobre su presencia en el mundo.
El autor cita un reportaje del periódico The New York Times que aborda los misteriosos lazos masónicos de incontables personajes: Arthur Conan Doyle (creador del detective Sherlock Holmes), el duque de Kent, el actor inglés Peter Sellers, Irving Berlin, el príncipe Felipe de Edimburgo, Louis Armstrong, así como una galería de industriales y magnates de la banca “bien conocidos”.
La trama involucra al Vaticano, cuya posibilidad de ser desaparecido de la faz de la tierra con una arma muy avanzada inventada en el CERN es muy grande, por lo que el protagonista es tentado a participar, pero no sólo por los que ahí habitan (“un montón de viejos pedorros”, como califica a los cardenales), sino por los tesoros artísticos que ahí se encuentran.
Un recuento rápido de lo que hay en el Vaticano basta para decidirse a salvar la colección de arte más grande del mundo: los Museos Vaticanos albergan más de 60 mil piezas de indiscutible valor, distribuidas en mil 407 salas creadas por Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Gianlorenzo Bernini y Botticeli. Además, están los tesoros arquitectónicos: la Capilla Sixtina y la basílica de San Pedro, así como la famosa escalera de caracol de Miguel Ángel, que conduce a los museos.
Vea usted: tan sólo la fachada de la basílica de San Pedro está adornada por 140 estatuas de santos, mártires y ángeles. Ese gigantesco edificio ocupa la superficie de dos campos de futbol de ancho y seis de largo. En su interior caben 60 mil fieles, unas cien veces la población del Vaticano, que es el país más pequeño del mundo.
La novela Ángeles y demonios está llena datos interesantes: el uniforme tradicional de la guardia suiza fue diseñado nada menos que por el mismísimo Miguel Ángel. Con humor, el autor dice que, ciertamente, no fue uno de los mejores logros del artista, pues semeja más bien al de un actor ataviado para un melodrama de Shakespeare.
La trama de la novela es fascinante, aunque no original (el asesinato de los papas ya ha sido abordado antes, incluso desde la perspectiva de los terroristas), Sin embargo, me llaman la atención las pistas y la información verídica que Dan Brown expone a lo largo de casi setecientas páginas.
El autor pone en boca de uno de sus personajes lo siguiente: “El Vaticano es una fortaleza porque la iglesia católica guarda la mitad de sus riquezas entre sus paredes: cuadros únicos, esculturas, joyas valiosísimas, libros de valor incalculable… Además de los lingotes de oro y las escrituras de bienes raíces en las cámaras acorazadas de la Banca Vaticana. Cálculos internos cifran el valor de la Ciudad del Vaticano en 48 mil 500 millones de dólares…”
También se indica que en los archivos secretos del Vaticano se encuentran en un extremo del patio Borgia (para facilitar la lectura, la novela contiene un plano de lo que es el Estado del Vaticano, lo mismo que otro de la ciudad de Roma, los escenarios centrales donde ocurre la acción), mismos a los que se accede por la puerta de Santa Ana.
Ese lugar contiene más de 20 mil volúmenes y se rumora que alberga tesoros tales como los diarios perdidos de Leonardo Da Vinci y libros inéditos de las Sagradas Escrituras.
Se informa que la existencia de los Iluminati se remonta a los tiempos de Galileo, donde lo mismo han participado los Guerenets de Francia, los Alumbrados de España e incluso Karl Marx y protagonistas de la Revolución Rusa.
Un personaje real que adquiere gran relevancia en la novela es el arquitecto Gianlorenzo Bernini, el segundo más famoso de su tiempo, sólo superado por el gran Miguel Ángel.
Contemporáneo de Galileo, Bernini fue el escultor de los Iluminati, es decir, fue un infiltrado de su tiempo de lo que hoy es el Vaticano (en el siglo XVII, en el que vivió el artista, la sede del catolicismo aún no se llamaba así: el nombre oficial apenas se remonta a la segunda década del siglo XX).
Un ejemplo de la importancia que tuvo Bernini en su tiempo es el siguiente: mucha gente ilustrada da por hecho que la basílica de San Pedro fue diseñada por Miguel Ángel, lo cual es correcto. Pero lo que no sabían –pero ahora ya saben— es que la plaza de San Pedro es diseño de Bernini.
En la novela, un periodista de TV revela lo siguiente: el ex presidente George Bush (padre) era un Iluminati. El tipo fue masón de grado 33. El era jefe de la CIA cuando la agencia a su cargo cerró la investigación de esa organización secreta por falta de pruebas. Sus discursos acerca de “mil puntos de luz” y “Un Nuevo Orden Mundial” son referencias directas a los Iluminati.
Hay referencia a unos hierros de marcar verdaderos, incluso el llamado diamante de los Iluminati, que habían sido confiscados más de un siglo antes por el Vaticano. Esos instrumentos habían sido encerrados a piedra y lodo en la Cámara Papal, el relicario privado del papa, en los Aposentos Borgia. La Cámara Papal contenía aquellos objetos que la iglesia católica consideraba demasiado peligrosos para que alguien los viera, excepto el propio papa.
La llave para llegar a ese lugar pasaba de papa en papa. De acuerdo con el libro, el mito de los contenidos de la Cámara Papal era fascinante: el manuscrito original de los 14 libros inéditos de la Biblia, conocidos como los Apocrypha, la tercera profecía de Fátima (las dos primeras ya se habían realizado, pero la tercera era tan aterradora que la iglesia católica nunca la revelaría).
También está la Colección de los Iluminati, donde se encuentran todos los secretos que la iglesia había descubierto después de expulsar al grupo de Roma: su Sendero de la Iluminación, el astuto engaño del principal artista infiltrado en el Vaticano, Bernini.
Como lo digo en el titulo de este texto, todo lo anterior aquí descrito es a lo que renunció el papa Benedicto XVI. Es obvio que no es porque ya está muy viejo (Juan Pablo II ya no se podía ni sostener en pie en los últimos meses, pero ni por equivocación aventó el arpa), sino por las presiones que recibió de dentro y de fuera del Vaticano.
*Columna publicada el 11 de febrero de 2013.
