A propósito de las maestras regañonas*

POR Bibiano Moreno Montes de Oca

El video de la maestra Idalia Hernández Ramos, en el que le hace un severo regaño a una alumna del CBTIS del estado de Tamaulipas que la insultó a través de su cuenta de twitter, ya le dio la vuelta al país entero en las redes sociales. Sin embargo, dejados de lado posiciones morales, sociales, políticas y hasta religiosas, debo aceptar que ella hizo lo correcto.

Tal vez influenciado por un tipo de educación que ya no existe, salvo en la memoria de los que estuvimos en la primaria hace más de 40 años, me resulta un tanto absurdo ver que hay adultos que se ponen de parte de la alumna, cuando la realidad es que no tiene ninguna justificación.

No se trata de defender un mal entendido principio de autoridad entre maestra y alumnos, sino de aceptar que hay una línea que nunca se debe cruzar: la del respeto como ser humano, de ida y vuelta. Así, aunque la alumna Marina tenga acceso a las redes sociales, debe saber que no puede insultar impunemente a otra persona sin esperar una reacción, máxime si la ofendida es su propia maestra de la escuela en la que estudia.

A mí no me resulta tan difícil aceptar que las cosas han cambiado drásticamente en las últimas cuatro décadas, pero no sé si fue para mejorar o empeorar: si bien en mi época de alumno ya no aplicaba la máxima de que “la letra con sangre entra”, existía un genuino respeto por nuestros maestros, a veces rayando en la devoción. Podían caernos mal los profesores, pero nunca nos habríamos atrevido a insultarlos en la forma en la que lo hizo públicamente la alumna del CBTIS tamaulipeco.

En cambio, en la clase eran muy frecuentes los regaños, los apodos, los pellizcos, los jalones de cabello o de las orejas. De hecho, no era inusual el reglazo que se estrellaba con fuerza en el brazo o en “las posaderas”, como les denominaba la maestra de tercer año a las nalgas de sus alumnos.

La maestra Carmen, que me dio clases en tercer año en la escuela Urbana No. 67 de la ciudad de Guadalajara, Jalisco, hace más de cuarenta años, en la actualidad no tendría cabida en una sociedad sobre protectora de hijos insolentes. Ella agarraba parejo contra todos, sin tapujos. Pese a lo dura que fue, la recuerdo con cariño, pues le aprendí más que a los que vinieron después.

Alguna vez recuerdo haber escrito mal un nombre: en vez de José, más bien se leía gogé (la jota mayúscula la escribía como ge minúscula). Sentada en su escritorio y yo de pie junto a ella, machacaba así, al tiempo que a cada palabra me asestaba un manazo en el brazo:

–José, José, José, no gocé. ¿Qué goce? ¿Goce la vida?

Y, zas, venía el golpe con el que rubricaba su andanada contra mi inerme brazo. No obstante, mi redacción mejoró bastante ante el infalible método persuasivo de mi maestra. Hoy, empero, lo único que digo es: “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”.

Vuelvo al presente. Podrá no estarse de acuerdo en la forma en la que la maestra Idalia Hernández se defendió de las agresiones de su alumna (lo de Grimaldo, de plano, ni siquiera ameritaba reclamo alguno), pero es perfectamente comprensible su actitud. ¿Es tan difícil entender eso?

*Columna publicada el 9 de septiembre de 2013.